Un problema de consciencia

Realizar el mayor número de actividades en el menor tiempo posible, es la gran panacea de una sociedad que parece construida para dejarnos en el interior un poso de desilusión continua, proveniente de la certeza de no estar haciendo lo correcto. Este mensaje que percibimos a cada instante: “no estás haciendo lo que deberías”; no significa, sin embargo, que tengamos que incrementar nuestro número de acciones, sino que hemos de abandonar determinados hábitos; algunos de estos relacionados con la estructura íntima de nuestra existencia, de tal modo que ni siquiera podríamos llamarlos hábitos, sino modus operandi.

Mediante este “modo de proceder” yo puedo trabajar en una empresa qexgerente-PP-Madrid-empresario-Punica_EDIIMA20160226_0152_4ue viola los derechos humanos sistemáticamente y hacer la vista gorda, alegando mi necesidad de vivir. O consumir determinados productos de manera innecesaria y obviar el aviso de mi ser interno, practicando el yoga o la meditación. Al realizarlo, además, se crea en mí un debate que pretende, mediante el sentimiento de culpa, liberar el efecto de mis acciones; no el efecto que estas tienen sobre los demás, cosa que sería encomiable, sino el que desencadenan en mi propia persona.  Esta idea es absurda en sí, pues obvia nuestra conexión con el resto de seres e intenta convencernos de su inexistencia. Si yo, por ejemplo, como encargado de una multinacional, condeno a miles de niños a un trabajo miserable, cuyos efectos serán nocivos en su existencia el resto de sus vidas; no puedo pensar que esto no vaya a afectarme, o que la pelota del sufrimiento no acabará, tarde o temprano, estando en mi tejado.

Pero hemos mencionado un verbo que huelga poner de relieve, nos referimos a la acción de sistematizar, o hacer algo de manera sistemática; lo cual significa: crear una estructura para que mi actitud y por lo tanto sus efectos, continúe perviviendo después de mí, y tiene un cariz extraordinariamente demoledor y diabólico. Significa, también, que la miseria que he sembrado se perpetuará por generaciones, convirtiéndose en la intrahistoria de aquellos a los que afecta. En nuestro modo de entender el yoga (en yoga y conocimiento) se da una radical oposición a este tipo de acciones, aumentada por el hecho de hacer del budismo primigenio nuestro aparato intelectual, colocando la preocupación por el sufrimiento de los seres, a la cabeza de nuestro ideario; ideario del cual, los participantes en las actividades pueden alejarse o no, aunque sería casi imposible que lo ignorasen por completo.

Desde este punto de vista, cualquier identificación del yoga con las élites, o mejor dicho de las élites con el yoga, nos parece erróneo. Con élites, evidentemente, no nos referimos a las personas que las integran, a las cuales nos une, como ya hemos dicho, el interés por “su” sufrimiento; sino a la perpetuación de su estatus y al papel de este como provocador de “El Sufrimiento” genérico; ya que este no pertenece a unos o a otros, sino a todos los seres.

El integrante de las élites arrastra unas estructuras de pensamiento cuya sistematización, como todas, fue creada para prorrogarse a lo largo de los siglos, y consiste en pensar que su posición ha sido designada mediante la divinidad; esta idea subyacente puede y debe perfectamente quedar oculta, del mismo modo que cuando caminamos por la calle no nos percatamos de los cimientos de los edificios, siendo estos, sin embargo, los responsables de que aquellos se mantengan en pie.

A la luz de lo dicho, el hecho de que un multimillonario declare vivir en un país muy difícil, siendo este España, en el cual cientos de seres se han suicidado debido a la pérdida de sus viviendas y de sus esperanzas; empujadas en última instancia por las élites a las que esta persona representa; nos resulta impropio y censurable. Máxime si dicha persona gastaba frívolamente el dinero de una institución que como Caja Madrid, debería pertenecer a aquellos que perdieron la vida, entre otros. Tampoco podemos tolerar que se utilice el sagrado nombre del yoga para apoyar dichas aptitudes que no tienen, como ya hemos dicho, otro fundamento que la creencia de que los seres humanos somos distintos unos de los otros, creencia que no compartimos en absoluto y que consideramos no solo contraria al yoga, sino la fuente de todo mal. No podemos, no obstante, y a pesar de esta condena, hacer otra cosa que apiadarnos de que dichas personas se nieguen a conocer el tesoro de la igualdad; y estaría fuera de nosotros no compartir el desamparo que la negativa despierta en ellos, sean reyes, reinas o súbditos.

 

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Esperamos que la luz alcance a todos.

Felipe Rubio

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