La pureza

-Maestro, ¿cómo podemos conservar la pureza?

-Ignoro a qué te refieres -contestó él-, en tanto que todo lo que veo a mi alrededor es impuro y se corrompe, casi como si este fuese el único requisito para formar parte de la vida.

-Sin embargo, nuestro interior es puro.

-¿Quién te dijo eso?

-Infinitos sabios lo han dicho a lo largo de la historia.

-Eso no hace de la afirmación una verdad, sino una pista, que solo se convertirá en la primera una vez que arrojes al olvido a cuantos lo dijeron y lo experimentes por ti mismo.

-De modo que según usted, ¿la pureza no existe?

-No; según yo: eres tú el que tiene que experimentar si existe o no.

Ambos se quedaron callados. El interlocutor comenzó a sentir cierta satisfacción interna, tal que si hubiese derrotado al que todos insistían en llamar El Maestro. El Maestro, por su parte, lo notó de inmediato, pero no se enojo por ello; sabía que a la estupidez casi siempre acaba sumándosele el orgullo.

-Escucha – le dijo, colocándole una mano en el hombro-; no solo cuanto observo a mi alrededor se corrompe, también mi cuerpo, interna y externamente lo hace. Te aseguro que no he dejado de envejecer un solo día, y no creo ser un caso aislado. La hermosa existencia, a la que tanto amo, no cesó de colocar señales sobre mi piel, sobre mi alma y sobre mi cerebro, y ninguno de tus maestros renunciadores a la vida me hará creer que esta no es la mayor de las purezas… Esa es mi experiencia, ahora encuentra la tuya.

Felipe Rubio.

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