Mayo

-Maestro,  ¿cómo puedo llegar a ser sabio?

-¡A ser sabio! No entiendo la pregunta; ¿A qué te refieres, exactamente? ¿Me consideras sabio a mí, por ejemplo?

-Por supuesto.

-En ese caso no quieres ser sabio, quieres ser como yo, que es imposible; aun así te diré lo que hago para ser como soy: absolutamente nada.

-¡Nada, Maestro!

-Tú mismo has podido comprobarlo. Dime sinceramente: ¿Me has visto alguna vez hacer algo aparte de estar sentado y levantarme para pasear de vez en cuando?

-Sinceramente no; pero pensé que antes lo había hecho.

-¿Antes? ¿Cuándo?

-Para llegar a ser sabio, me refiero.

-No, nunca hice nada para llegar a serlo. Llevé una vida normal siempre y entonces nadie me llamaba de ningún modo, después comencé a no hacer nada, y a partir de entonces todos me llamáis sabio. En una ocasión conocí a un hombre que anhelaba vivir en una casa blanca desde su más tierna infancia; no contaba con nueve años cuando le prometió a su madre: “al ser mayor, te compraré una casa blanca en el campo.” Pero su madre falleció pronto y no pudo regalársela. Más tarde se casó y le dijo a su mujer: “entre los dos compraremos una casa blanca en el campo”. Y trabajó duro, tanto que finalmente padeció un accidente laboral que le dejó invidente. Entonces fue indemnizado y su mujer compró una casa blanca en el campo para él, donde recibían a sus amigos, a sus nietos y a sus hijos. Siempre que el hombre se quedaba a solas con alguien decía lo mismo: “algún día tendré una casa blanca en el campo”. Tú quieres ser como yo, lo cual, sencillamente, es imposible; sin embargo, eso te allana el camino, puesto que te libera del esfuerzo de ser tú mismo y acarrear con tus propias dudas, tus propias virtudes y sobre todo con tus propios miedos, que son los que te mueven a ser algo distinto. Si abrieras los ojos, no obstante, caerías en la cuenta de que el miedo no existe y te darías de bruces con tu propia persona. Entonces, el velo del esfuerzo también caería, y repararías en que es totalmente inútil; pero para llegar a ello, antes, tendrías que haberte esforzado. Mas si en el rechazo de ti mismo llegases a ser yo, por un remoto casual, o a tener una casa blanca en el campo, el universo haría por ti, lo que tú le llevas pidiendo tanto tiempo: te dejaría ciego.

Felipe Rubio

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