La ira

¿Qué es la ira? Esta es una pregunta fundamental si queremos superarla, en el sentido en que superar algo es conseguir que “eso” deje de ser un problema. Cuando padecemos un ataque de ira entramos en contradicción con el universo, que es nuestro sistema, y este se nos hace insufrible. Realmente es así, aunque parezca exagerado. Padecemos el trastorno pasajero de no estar de acuerdo con la melodía de la cual formamos parte e intentamos cambiarla de manera rotunda para hacerla coincidir con nuestra alucinación. Esta alucinación no pertenece al presente y por lo tanto a la realidad, sino que está imbricada en nuestro pasado.

En un momento de nuestro pasado, nuestro yo se enfrentó a algo de manera incorrecta, no lo asimiló y creó un sentimiento inatural, un enredo. Al padecer la ira, si nos detenemos el tiempo preciso, puede que no tengamos conciencia de ese enredo, ya que suele permanecer oculto en el inconsciente, debido a su insoportabilidad, sin embargo, sí que podemos reparar en que nuestro sentimiento está acompañado de una idea, de una imagen que pretendemos colocar sobre aquello que nos está sucediendo para sustituirlo por otra cosa; ya que supuestamente es aquello que nos sucede, lo que nos hizo entrar en cólera. A esta imagen es a la que denominamos anteriormente: alucinación.

En el momento de cólera actuamos como una célula cancerígena para nuestro sistema madre, es decir, comenzamos a desarrollarnos en sentido opuesto al del resto de células y creamos una suerte de enfermedad; pero el cosmos es incorregiblemente perfecto y la enfermedad, una vez que rebota en su inmutabilidad-mutable, nos afecta a nosotros, ya que está en contra de La Vida. Lo peor de ello es que la ira nos impide sentir gratitud hacia nuestra existencia y que dicha gratitud es la esencia pura de dicha existencia; su sangre. Sin la gratitud nuestra vida se detiene, peor aún, se deseca, convirtiéndose en una carcasa alejada del universo; entonces hemos de retornar a él, y al hacerlo nos percatamos de que la desecación era también un sueño. Para entenderlo sería beneficioso recordar la parábola del Hijo Prodigo, papel que tomamos en nuestros momentos de enojo.

La existencia siempre está vestida de gala para nosotros y es bueno que no lo olvidemos. Por esto no debemos enfadarnos con nosotros mismos por habernos enojado; ya que sería como continuar intentando habitar el cadáver que hemos creado, dándole una importancia que no tiene. Si padecemos ira debido a nuestra ira es porque nos hemos alejado intensamente de nuestro centro en un momento dado y preciso, y no sentimos avergonzados por ello. Pero La Existencia no se avergüenza de nosotros; para ella, somos sus hijos predilectos.

Felipe Rubio

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