Junio

 

-Maestra. Tal maestro dice que todos los que no son él carecen de razón, cargando las tintas contra usted, entre otras, y tachándola de frívola y de carente de humildad. ¿Qué debemos hacer al respecto?

-Nada. Me parece perfecto que el Maestro Tal lo diga; incluso es muy posible que tenga razón.

-¡Nada!

-No. En realidad ni siquiera dudo de ser frívola y carente de humildad o de razón. Para ser exacta, no dudo de nada. Así no tengo que seleccionar

-¡Pero resulta dañino e insultante que el Maestro Tal hable de ese modo!

-Y ¿a nosotras que más nos da lo que el Maestro Tal, diga? ¿Nos llegan acaso sus insultos o padecemos el enfado de pensar que nadie más que nosotros es justo, sabio o humilde? Él es el que padece su propia angustia. Si no podemos hacer nada para liberarle de su cárcel, lo mejor será no reparar en su persona.

El alumno miró al suelo.

-A no ser que te sientas enojado con él –continuo ella,- y pretendes hacerle responsable de tu propio enojo.

-Yo no pretendo hacerle responsable de nada más que de sus propias palabras.

-¡Si cada uno tuviera que pagar por sus propias palabras como tú dices, el mundo no sería más que una gran factura! Tu enfado solo a ti pertenece y solo en ti tendrás que encontrar alivio. Si le hicieses pagar al Maestro su inconveniencia te sentirías vacío y angustiado, pues del mismo modo que la calma no se encuentra más allá de tu persona el enojo no se disuelve fuera de ella. Cultivaste con mimo tu ira, en lugar de afrontar su existencia, la regaste y la mantuviste escondida para que floreciese a la primera de cambio. No nació de repente ni a causa de nadie, siempre estuvo allí. Ahora te das cuenta y pretendes enojarte con Tal porque este tiene su propio enfado. De modo que pruebas a hacer del tuyo una prolongación del suyo. Pero no funcionará. Tú dices que soy humilde, y ¿cómo es posible que lo sea si nunca me he preocupado de serlo?…  Sé de sobra que la humildad crece por sí sola y que las palabras suelen convertirla en orgullo, de modo que tampoco he hablado de ella, ni de la mía ni de la de otros; ya que acerca de la primera no pienso y a la segunda no la pongo en duda. Dime, ¿cómo puedes saber que soy humilde?

-Lo sé.

-¡Valiente razón es esa!

– Lo sé porque nunca he conocido a nadie tan humilde como usted.

-Es decir: porque me comparas, y al compararme haces lo mismo que las gatas cuando dan a luz una gran camada y apartan a la cría más débil para que no sobreviva y los demás aprovechen su muerte. Lo malo es que Dios habla a través de la criatura cuando ella hace esto, pero no a través de ti cuando haces la misma cosa. Me comparas con Tal y te quedas conmigo; pero reparas en que haces exactamente lo mismo que él y luego le odias porque te ves reflejado en su persona, y te comparas a ti con él y etcétera y etcétera, y el cuento nunca acaba. Tal opina que para estar en el regazo de Dios ha de demostrar superioridad y despreciar a los otros, como si los sitios en su seno estuviesen contados. ¿Tú quieres ser como él?

El alumno negó con un gesto.

-Otórgale entonces su puesto al amparo de la luz divina, el suyo, el tuyo y el de todos los seres que conoces e imaginas, pues nadie tiene porque quedarse fuera; y acaba de una vez con tu fastidioso tormento.

Felipe Rubio

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