Confianza

De improviso te encuentras en un laberinto de espejos y observas tu imagen repetida hasta el infinito, se te proporciona un martillo y se te anima a quebrarlos poco a poco, venciendo el temor a hacerte daño cada vez que propinas un golpe y tu supuesto yo se esparce en miles de pedacitos que te contienen por completo. Así se te anima también a ir descubriendo tu propio ser, a ir asentándote en esta limousine de lujo que es la vida.
 
Finalmente te quedas frente a dos espejos. Has acabado con el primer reflejo que tuviste de la existencia: tu tiempo intrauterino, y con el agradable recuerdo de la llegada a este mundo repleto de amor, puesto que ese amor estaba codificado en un lenguaje del cual también rompiste el reflejo, y sin embargo te abrazas incomprensiblemente a recuerdos dolorosos, sumamente legibles y visuales en tus coordenadas actuales; pero esto último no importa, no le prestes atención.
 
Observa ambos reflejos, con los cuales te has querido quedar: el primero es el de la infancia, tal y como la recuerdas, el segundo es el de tu propia madurez, tu edad adulta; aquello a lo que dio paso el primer reflejo. Date cuenta de que ahora es el momento en que el adulto entra en juego e intenta recuperar para siempre el laberinto. Reúne cada una de aquellas imágenes empoderándote en todo lo que aprendiste, aprovechando todas las posibilidades sanatorias que tu vida te brinda; ahora es el momento, ya que no tienes miedo y recoges gustoso aquello que tu niño te ha regalado: CONFIANZA.
 
Felipe Rubio
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