La familia de los árboles

Cada otoño, puntualmente, nuestra familia se convertía en árboles. Una buena mañana papá, mamá y los seis hermanos nos internábamos en el bosque de robles, antes de que las hojas alcanzasen el paradisíaco color rojizo que les concediese permiso para desprenderse y caer en avalancha vistosa y suave.
Permitíamos que el tibio sol iluminase nuestros rostros durante todo el día y su luz se deslizase por nuestro cuerpo como una exquisita miel que pingase lentamente, hasta empaparnos por completo. Al atardecer nos alcanzaba la inmovilidad más confortable y las ropas caían al suelo como desabrochadas por efímeras hadas.
Dos días después nadie podría distinguirnos del resto de habitantes vegetales y a lo largo de poco más de un mes, de las materializadas ramas de nuestras creencias iban cayendo los pensamientos acumulados e inútiles; los sentimientos nocivos nos recubrían de un musgo húmedo y nuestras almas de árbol recorrían con la brisa las laderas de las montañas. Entonces descubríamos que las personas que prefieren el viento en las banderas al sisear entre los troncos se comportan como invidentes y sentíamos la desnudez y la unidad de nuestras almas; nada enturbiaba en aquellos otoños nuestro amor más puro ni penetraba tan hondamente nuestro ser.
Con el nacimiento de las nuevas hojas, despacio, volvía la certeza del futuro movimiento a nuestros cuerpos que se iban llenando de terminaciones nerviosas mientras las fibras lechosas eran transmutadas en carne por el fluir de la sangre y el oxígeno renovado. Papá era el primero en moverse y limpiarnos cumplidamente la desnudez de todo aquello que se enterraría como un cadáver en la tierra para siempre. Primero la de mamá; después ambos la del hijo mayor y los tres la de Alicia, que era la segunda; así hasta que la familia regresaba a su encarnadura y volvíamos a casa en el silencio más repleto de hermosura.
Los vecinos, que solían preguntarnos por nuestras vacaciones en playas paradisíacas, eran contentados con las historias más increíbles y cuando alguno de ellos se atrevía a insistir en cómo era posible que fuésemos tan felices. Papá les contestaba que cada uno dejaba caer fuera de la casa lo que a la casa no pertenecía, como los árboles dejan caer las hojas, decía, y que de ese modo, la casa pertenecía siempre a los mismos.
Felipe Rubio
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