Caer en la cuenta

Primero te das cuenta de que eres un barco en mitad de la ciudad dormida, sientes el velo de pensamientos ajenos que te recubre y lo retiras lentamente con las manos; te percatas de que las frustraciones no son más que un invento estadístico, el papel pintado de una habitación que nunca te agradó demasiado, actualizas el niño que llevas dentro como si de un programa de ordenador se tratase y permites que su mirada se asome a la ventana de tus ojos. Entonces te das cuenta de que has acabado convertido en lo que siempre soñaste, pero que ese sueño real y propio se escondía tras la pesadilla del adulto, en lugar de permanecer junto a la ilusión del niño.

Caes en la cuenta de que no era necesario el propio infanticidio, de que es imprescindible que el niño camine a tu lado, absolutamente vital; en la cuenta de que tenías que seguir cuidándolo, de que cuando él montaba a la espalda de alguien aspiraba a montar en tu propia espalda, única y exclusivamente; de que ese niño es la única persona que te admira realmente y por completo. Comienzas a valorar, entonces, todo lo que él podría hacer con tu fuerza, con tu estatura, con tu sabiduría, con tus errores y tu aplomo, comprendes el Cortazariano enigma de la existencia: Ese niño no es tuyo, no te pertenece; eres tú el que pertenece al niño… y decides llevarlo a caballito el resto de tu vida… Felizmente. ;

Felipe Rubio

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