Y tú, ¿qué querías ser de pequeñ@?

De pequeño quería ser espadachín, pero mi padre dijo que eso eran cosas del honor y que del honor no se vivía; así cerró el tema. Unos meses después observé que firmaba papeles sin cesar; papeles que tenían que ver con seguros y alquileres, con herencias desconocidas o automóviles que se compraban y se vendían; entonces le pregunté por qué había que hacer aquello y me contestó que era debido a que el tiempo del honor había muerto, y que las personas necesitaban utilizar palabras de otras personas para fiarse entre ellas, palabras que ni interesaban ni pertenecían a los firmantes; lo dijo con fastidio, y a mí no me quedo muy claro si era beneficioso o no que el honor hubiese desaparecido.
 
Mi mamá decía que un espadachín no tenía ni sueldo fijo ni familia y que alguien así no le interesaba a nadie y ese nadie parecía ser precisamente ella. Por su parte mi hermano me aconsejo que de puestos me hiciese bandolero: los espadachines son muy finolis, dijo. A su vez, una prima mía me espetó que el gremio al que aspiraba pertenecer era extremadamente machista. ¿Qué es un machista? le pregunté yo. Alguien que trata mal a las mujeres.
 
No me sentí incluido. Reconozco que deseaba tener un bigote fino para conquistar a las chicas, regalarles flores y hacerles la vida fácil, pero no creía que esto fuera tratarlas mal. Más tarde me di cuenta de que hay personas cuya única cualidad es informarte de las cosas que haces mal, y que por enredos de la vida estas acaban por no hacer nada. A todos estos inconvenientes se unió además la absurda idea que yo mismo me había forjado en la cabeza de que los espadachines tenían, forzosamente, que ser de ascendencia china; de modo que cerré las puertas a mi sueño.
 
Acepté trabajos que no me gustaban, me conformé con querer ser astronauta, aunque la estratosfera me pareciera un rollo, trabajé de camarero, de domador de fieras y de polizón en una película que no llegó a estrenarse. Aun así nada me satisfacía y a la primera de cambio arrojaba un guante a la cara del que me faltara el respeto, mas como yo era el primero que me lo había faltado negándome a ser lo que realmente quería, cualquiera era susceptible de hacerlo, y los duelos se sucedían día y noche.
 
Finalmente me eché la manta a la cabeza y cumplí conmigo mismo, ahora soy espadachín, aunque reconozco que el trabajo no me agobia. Los espadachines, hoy en día, no tenemos sueldo fijo ni domicilio propio, y para ser sincero no ligamos tanto, pero solemos dormir a pierna suelta cuando encontramos una cama. Como todas las historias esta es medio verdad y medio mentira, cosa que la convierte precisamente en real.
 
Y tú, ¿qué querías ser de pequeñ@?
 
Felipe Rubio
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