LA ZONA OLVIDADA

Un hombre recibió una hacienda por herencia de la cual aborrecía cierto sector sombreado y húmedo en la ladera de una montaña. Como este se hallara en un extremo de la propiedad decidió olvidarlo y pensó que otro se haría cargo de él, o que los propietarios irían agrandando los lindes de sus terrenos y la ladera acabaría perteneciendo a unos cuantos.
En lugar de esto los robles comenzaron a caerse en el terreno olvidado, se acumularon las hojas y los animales abandonados se hicieron fuertes. Los jabalíes rompían la cerca que el propio propietario había colocado entre aquel intento de nada y lo que él consideraba suyo, y los zorros, tras devorar a las gallinas se escondían de nuevo en el sector que tomaban ya por su madriguera. En invierno el agua acumulada acababa traspasándose e inundando también las tierras aceptadas y cada primavera la vegetación ascendía formando una improvisada selva que se eternizaba hasta bien llegado el invierno. Una noche de verano un rayo incendio la zona olvidada, el fuego se extendió a toda la hacienda y nadie encontró los restos del propietario entre los escombros.
-Maestra, ¿qué quiere decirnos con esto? –Preguntó una de las discípulas- ¿quién es el propietario?
-El propietario somos nosotras y la hacienda también –contestó ella.

Felipe Rubio

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