EL NIÑO PERDIDO

Introdúcete en tu interior iluminándote como un explorador en una gruta. Búscame y una vez que me encuentres dime firmemente que los niños no se callan, en voz alta para que puedas escuchar tus propias palabras serenas y cariñosas, pero determinadas; que no solo escuchan, sino que además hablan. Convénceme de que no se es impertinente por decir lo que se piensa, sino que se puede decir cualquier cosa desde el amor valeroso y fuerte, de que este valor se manifiesta tajante y de que ese amor se fundamenta siempre en la propia persona.
Asegúrame que nadie me volverá a hacer daño, que me amarás siempre de este modo imperturbable, que nunca más volverás a dejarme solo… siéntete a ti mismo como el que habla y como el que escucha y no ceses de repetírtelo hasta que suene coherente, profundamente sincero e indiscutible.
Anímame a lucir mis dones para que pueda conocerlos, a exhibirme sin vergüenza, dime que nadie abusará de un ser fuerte ni pretenderá jamás hacer leña de un árbol florecido para hacer así que yo florezca… Ya que mientras yo esté enfadado o triste o tenga miedo, tú no dejarás de comportarte como un niño miedoso, enfadado o triste, y lo peor de todo: tampoco dejarás de sentirte CULPABLE.
Felipe Rubio
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