Recorrer un jardín de tulipanes

El niño sin orejas llevaba un pelo tan largo y hermoso que todas las niñas y niños deseaban acariciarlo; tenía un perro que ladraba dulcemente para no herir sus oídos, como recorren los pies un jardín de tulipanes; y unos padres que milagrosamente ni sobraban ni faltaban.
 
Todo el mundo se preguntaría cómo era posible que hubiese llegado hasta aquel habitáculo de calma en que vivía, en caso de que recordaran su supuesta desgracia; pero no era así. Milagrosamente, también; ni siquiera él recordaba las humillaciones de sus compañeros, o el repetido chiste acerca de un chico al cual le apuntalan las gafas con chinchetas. En realidad sí que lo recordaba, pero le era indiferente.
 
Alguien le explicó un día que era vital llevar siempre un cuaderno encima para dibujar y anotar en él no lo que sucedía, sino lo que tenía que suceder; animándole además a dibujar sus propias orejas en el centro del cuaderno. La derecha en la hoja de la izquierda y la izquierda en la hoja de la derecha. Después le pidió que escogiese por cuál de las dos escucharía las cosas buenas y por cual las malas, a lo que él respondió: por la izquierda las malas y por la derecha las buenas. Nadie sabe porque lo escogió así, sencillamente lo hizo.
 
Desde entonces supo lo que tenía que hacer, tampoco nadie tuvo que explicarle esto. Cada día, por lo menos una hora, se sentaba en su cuarto; abría el cuaderno por la mitad sobre sus piernas y colocaba la palma de su mano derecha sobre la oreja de la izquierda. La tapaba, y escuchaba atentamente todo lo bueno que la vida tenía que decirle mediante su oreja derecha… a través de sus padres, de su hermano mayor, de sus familiares, y sobre todo a través de sí mismo. Comprendió que ÉL era la pieza clave en este asunto y aprendió a escuchar con todo su cuerpo, sintiendo como las palabras caían a su interior tal que semillas a un campo humedecido; como se escucha la vedad más absoluta.
 
También aprendió a escuchar a su oreja izquierda… han oído bien: a escuchar a su oreja, no a escuchar a través de su oreja. Y preguntarán ustedes: ¿cómo se hace eso? Pues sencillamente: escuchando a esa oreja a través de la otra, de la buena, de la alegre que resplandece como un sol al medio día. Pues a fuerza de escuchar cosas positivas y reafirmantes, aquella, la derecha, se había vuelto comprensiva e inmensamente humana; y al ser escuchada por ella, la izquierda, se sentía reconfortada y útil; sentía que ambas eran parte de una misma cosa, que dentro de aquella cosa se le concedía su propio espacio, y que al recuperar su espacio todos los hechos nocivos o desagradables pasaban desapercibidos; tal que si nunca hubiesen existido.
 
Mi pregunta ahora, porque ahora es a mí al que le toca preguntar, sería la siguiente: ¿a qué esperan ustedes para empezar a dibujar sus orejas?
 
Felipe Rubio
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