Quitarse la muerte de encima

El ogro dijo: Es peligroso asomarse al interior, y él apretó mi mano, hizo que bajase la cabeza y me preguntó:
-¿Qué es lo que quiere decir?
Intenté tranquilizarle:
-Se refiere a que siempre que nos asomamos a nosotros mismos hemos de afrontar determinadas pérdidas –le dije.
-¿Qué tipo de pérdidas? –me preguntó él.
-La del miedo, por ejemplo; que nos protege tanto de los cambios y se encarga de que no nos percatemos de que podemos estar mejor; de que nuestra vida puede ser distinta, o de que, sencillamente, no vivimos la que nos pertenece.
Él apretó mi mano de nuevo.
…Hacía años que había dejado de soñar con brujas y de tener pesadillas, pero mi niño interior se había quedado encerrado en ellas, al menos en parte, y había tenido que regresar para rescatarle; enfrentar junto a él algunas escenas fantasmagóricas y mostrarle que una pesadilla no es más que un conjunto de símbolos en los cuales reside la magia; pues era preciso que él lo supiese, para que aprovechase así la fuerza de sus sueños.
Le convencí de que algunas de aquellas visiones tenían que ver con sus inquietudes sexuales y con su lívido, y que estas eran deformadas por la vergüenza y la culpa que sentía, aunque dicha vergüenza y dicha culpa no tenían nada que ver con él.
Le hice saber que el origen de los monstruos se debe principalmente a que lo que no comprendemos se convierte en un tullido con el único fin de sobrevivir, capaz tan solo, de causar pánico o risa; que otros mensajes recibidos en sus sueños hablaban de su misión en este mundo con respecto a su karma familiar, es decir: a las cosas que tendría que resolver por toda su “casta”; y que el hecho de que su abuela materna apareciese en sus pesadillas como una bruja malvada, se debía a que la personalidad de esta era tan extremadamente fuerte que acabaría atrapándole, a él y a toda su familia.
Le hablé de los miedos que tendría que vencer para resolver sus asuntos y poner luz en su interior y en su exterior, y él escuchó atentamente, como si de vida o muerte se tratase. En cierto aspecto lo era. Por eso le explique que tendría que morir varias veces, pero que esta muerte solo era aparente; que se convertiría en una serpiente y que perdería la piel, y que en esa piel abandonada solo moriría lo pesado e innecesario; que perder la piel no era realmente morir, sino quitarse la muerte de encima.
Le hice ver también que nada era tan dramático como parecía y le enseñé a mirar sus pesadillas desde las bambalinas, como una obra de teatro que se escenificaba única y exclusivamente para él. Le enseñé a apreciar cada uno de sus sueños como una auténtica obra de arte capaz de llenar su vida de significado, de seguridad y de sentido.
Hoy mi niño ha venido a verme, ahora él es el mago.
Felipe Rubio
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