Saber que tu mundo está mejor sin determinadas cosas

Habíamos alquilado una casa dentro de una parcela, con cierto aspecto (tanto la casa como la parcela,) entre decadente y modernista, que mamá decoró por completo. Ella era alta y hermosa, mi madre, quiero decir; extremadamente delicada; de esas personas capaces de sonarse la nariz imitando una pieza de Erick Satie sin percatarse de ello, lo cual hace que la interpretación sea mucho más interesante.

Mi padre, sin embargo, era un tipo menudo y poca cosa, creo; taciturno en ocasiones y jovial en otras, alguien a quien, desde un primer momento, sospechabas que no ibas a comprender nunca. Capaz de pasarse días ausente, aunque de cuerpo presente, sin que esto significase absolutamente nada bueno o malo; aún así, en una ocasión me dijo algo importante (fue precisamente en esa casa); me dijo:

-¿sabes por qué soy así?- Yo supuse que la pregunta era retórica.- Porque nunca conseguí comprender a mi padre.

– Y ¿por qué no?- le pregunté entonces.

En ese momento mi padre pasó al modo “todo me es indiferente” y contestó:

-Imagino que no me esforcé lo suficiente en hacerlo-, dijo mirando al infinito.

Desde entonces procuro esforzarme en comprenderlo como si de esto dependiese mi vida, tal y como dependió la suya; por eso, a día de hoy, no sé si era o no realmente poca cosa.

Dentro de la parcela en el interior de la cual se hallaba nuestra casa había otra que ocupaba una pareja extraña; una pareja que parecía venir de un lugar remoto, y no es que tenga nada en contra de los inmigrantes, lo digo plenamente en serio: me encantan las personas de todos los colores y de todos los países, los hablantes de todas las lenguas y los practicantes de todas las religiones, incluso los que no practican absolutamente ninguna religión; y me gusta que estén aquí, conmigo, que convivan en mi barrio o en mi edificio; en mi casa, si es preciso.

Cuando digo que parecían venir de lejos me refiero a muy lejos, tal vez otro planeta, otro sistema solar incluso. Me refiero a que eran personas que no hacían nada, absolutamente nada que pudiera despertar tu curiosidad; a que sus sonrisas eran inconsistentes y el aire parecía pasar a través de ellas como a través de la red de una portería de futbol; o a que sus palabras dejaban en el que las escuchaba un regusto rancio y agrio como el bicarbonato sódico, aunque se tratara de halagos, o mejor dicho: especialmente si se trataba de halagos.

El caso es que mi madre comenzó a pasear con Mis Extra-Sistema Solar en compañía de Lucy, que era nuestra perra. Lucy era un animalito bastante feo y pequeño, gruñón y extremadamente desagradable a la vista, una especie de chinche que parecía haber desarrollado la horrible dentadura de un burro o de un caballo. Aún así todos la amábamos, y digo amar porque la palabra querer me resulta demasiado interesada, demasiado materialista y posesiva, y porque, créanme; no había nada en Lucy, absolutamente nada, que pudiera despertar un sentimiento mínimamente posesivo. Nuestra vecina no le caía bien, sin embargo, y en esto coincidíamos. Se parecía demasiado a ella y temía que la reemplazase de algún modo. El caso es que Miss Extra-Sistema Solar siempre hablaba mal de las personas y esto nunca me ha gustado, no solo porque si alguien te habla mal de otra persona sabes a ciencia cierta que tarde o temprano acabarás en su lista negra, más aún: que toda su lista es negra; sino y especialmente, porque la gente que habla mal de otras personas acaba consiguiendo que hagas, precisamente, lo que más detestas: hablar mal de ellas.

Mi madre era tan alegre y risueña que cada vez que entraba en casa, no solo en esta, sino en todas las que ocupamos a lo largo de nuestra vida, mi padre no podía evitar decir para sí: ya llegó la primavera, e intentar escribir por enésima vez un poema siempre ausente, como él, que recogiese aquella sensación tan fresca y ligera. Por el contrario, Miss Extra-Sistema Solar era retorcida y de alma avinagrada, y esto era exactamente lo que su presencia hacía llegar a todo aquel que se cruzaba con ella; mi madre, por el contrario, olía a navidad.

El tema es que tras sus paseos, mamá, desde por encima de aquel cuello tan hermoso que parecía esculpido en el colmillo de un elefante, siempre dejaba caer lo que M.E.S.S le había contado acerca de alguien, y aunque lo hacía de manera inocente, sin ningún tipo de intención y acompañada de la más maravillosa de las sonrisas, a través de su boca parecían fluir las propias palabras de nuestra vecina, llenando el ambiente con la contundencia de una bomba fétida. Incluso su aliento se volvía grisáceo, como una neblina insana. Además, las expresiones que M.E.S.S utilizaba para referirse a otras personas no solo eran vulgares, simplistas e insidiosas sino absurdas.

Miss Extra-Sistema Solar se creía, por ejemplo, en el derecho de decidir si una persona era buena o mala, como si hubiese un solo ser sobre la faz de la tierra que pudiera ser una cosa o la otra, a secas; o peor aún, como si alguien que hablase acerca de la maldad de otro no estuviese, realmente, dudando de su propia benevolencia. Sus juicios eran tan gratuitos y acerca de hombres y mujeres tan alejados de ella y de nosotros que no solo resultaban enojosos, sino desmedidamente enfermizos.

En definitiva, Miss Extra Sistema Solar se preocupaba por todo lo que concernía a personas de las que raramente sabía su nombre, y criticaba desde la forma de vestir hasta lo que  plantaban en sus macetas, los sitios por los cuales paseaban o el modo en que caminaban; lo criticaba todo; porque la crítica deja un espacio terrible en nuestras mentes para la ignorancia, cuanto más ignorantes somos más nos alejamos de la felicidad y cuanto más infelices más nos preocupamos de una vida que no es la nuestra.

Detesto a las personas que hablan mal de otras personas, sencillamente porque temo que su infelicidad sea contagiosa.

Mi padre y yo, nunca entendimos demasiado bien el hecho de que mamá insistiese en pasear con M.E.S.S, o que permitiese que sus comentarios creciesen luego por el salón de nuestra casa, traídos por ella, como extraños bulbos cancerígenos con los cuales tropezábamos, tal que si de los libros de poesía de papá se tratase. Pero los seres delicados lo son para todo el mundo, no solo para sus familiares, por poco que a estos les guste.

El caso es que un día la pareja de habitantes del hiperespacio atravesó un corredor que mediaba entre ambas casas, cargado él, con una par de gigantescas jaulas en las que viajaban cuatro gallinas, puesto que otra característica de la ocasional compañera de andanzas de mi madre, era que siempre hacía que su pareja realizase el trabajo del que ella presumía, es decir, que cuando decía: he plantado lechugas, lo que realmente quería decir era que Mister E.S.S las había plantado.

Construyeron un gallinero en su parte de la parcela (él,) e introdujeron éstas en su interior. Cuando concluyó el trabajo, aquel hombre parecía inspirar patetismo y compasión a la vez. Más tarde me percaté de que aquel aspecto era inherente a su persona, de que se paseaba por la vida como si cada mañana fuese conducido ante un pelotón de fusilamiento.

Por supuesto, Lucy, no dejó pasar la oportunidad de patrullar en torno al cercado de manera continua y de buscar un hueco por el que introducirse en aquel lupanar de pluma y carne, y por ende, M.E.S.S no desperdició la ocasión de quejarse de ella. Ya que en el fondo Lucy a los ojos de nuestra vecina era exactamente lo mismo que las aves a los de la perra, aunque la perra pareciese mucho más inteligente. Murmuró a voz en grito que orinaba junto a la verjita y que el olor era insoportable, que había llegado incluso, a romper la alambrada: un poquito, matizó luego. Entonces papá y yo hubiésemos deseado que mamá le hubiera contestado que en el campo siempre hay animales, y que aquellos que detestan las hormigas no deberían ir de pic-nic, pero ella no encontró argumentos para contraatacar a alguien que parecía creer que el Chanel nº 5 era un invento de sus gallinas. Después todo se desorbitó, mamá se vio en la obligación de prohibir salir a Lucy y esta comenzó a enfermar carcomida por el aburrimiento y el deseo de intentar hacerse con aquellas deseadas presas.

Las palabras de una persona no son como trenes vacíos, sino que cada una de ellas arrastra su amor o su odio, y en el segundo de los casos resultan tan mortíferas como una bomba de neutrones, aunque parezcan suaves como una manta de terciopelo.

En aquellos momentos mi corazón de niño descubrió que Lucy era algo más aparte de fea y pequeña y comencé  a desear que aquellas personas desaparecieran. No lo creerán, pero automáticamente me convencí de que así sería e insospechadamente sentí que se desvanecían, que dejábamos de verlos poco a poco y que su coche, aparcado en el mismo garaje que el nuestro, se volvía tenue.

Mamá encontró como por arte de magia un trabajo de profesora que la separó de M.E.S.S y las huellas que los pies del fusilado dejaban en la gravilla del jardincito colindante a ambas casas se tornaron inconsistentes. Sus voces cuando nos cruzábamos con ellos, cada vez menos, parecían ahora  venir de muy lejos. Comenzaron a desaparecer, y esta afirmación no es en absoluto una metáfora, me refiero a una desaparición en toda regla. Sencillamente se extinguieron como la niebla insana que salía de sus fauces y una buena mañana simplemente no estaban.

Lucy salió de nuevo a la parcela no compartida sin osar ni por un momento acercarse al gallinero vacío, y la casa adyacente a la nuestra se llenó de telarañas y se vació de memoria. La imagen de sus fantasmas desapareció también de nuestras mentes, el olor a navidad regresó al aliento y al seno de mi madre y nadie recuerda hoy que aquellas personas existieran, a excepción de mí, que seguramente no reconoceré mañana haber escrito estas líneas. No me gustaría, no obstante, que nadie pensara que voy por ahí haciendo desaparecer a las personas de manera fría y arbitraria; pero tampoco quiero darle a ningún otro la oportunidad de dejar de saber que mi mundo está mejor sin determinadas cosas y que jamás permitiré que éstas sucedan en él.

 

Felipe Rubio

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