Cerrar la puerta al rencor

Dos hermanos abandonaron su pueblo. El primero cerró sus cuentas antes de hacerlo; pago sus deudas, cobró las que otr@s tenían con él, devolvió libros, tebeos, bofetadas e insultos. El segundo se encargó de que nadie pudiese decir: tal persona me debe algo, pero no quiso tomar venganza, como él decía; por no guardar rencor a nadie. Con el paso de los años ambos regresaron. El primero halló una aldea hermosamente desconocida en la que construir una casa donde pasar el resto de sus días. El segundo, a pesar de regresar a la par, tardó más en llegar, tomo rodeos, se perdió en la noche y encontró que el pueblo que había dejado atrás continuaba exactamente en el mismo sitio; pero que sus edificios resultaban más oscuros, sus calles más tétricas y sus perros más rabiosos; además tuvo la certeza, antes de volver a huir a la carrera, de que todo aquello le perseguiría por siempre; es más: de que todo aquello le había estado persiguiendo por siempre.

 

Felipe Rubio

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