El Esfuerzo

Este suicidio
que cometo en nombre
de tod@s
Esta
agonía peregrina
que perdurará
para siempre
La acometo
en el nombre
de las flores
De la carne
que no piensa
en su carne
Y el olor
que no se aspira
a sí mismo
La acometo
en el nombre
del perfume
                           Felipe Rubio
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El Silencio que Engrandece

 

En la segunda mitad del siglo XX hubo dos grandes maestros afincados, como muchos, en Estados Unidos.

Uno era amable, debatía con sus seguidores y les guiaba hacia posibilidades intelectuales y espirituales que les invitaba a experimentar encarecidamente por sí mismos. El otro tenía un sinfín de adeptos que le vitoreaban y pagaban grandes sumas por estar a su lado, siempre estaba rodeado de gente y de riqueza, y tenía la costumbre de empezar casi todas las frases por la primera persona del singular.

Escribió, dicen, más libros de los que seguramente leyó a lo largo de su vida; era exitoso y se vanagloriaba de ello.

Pero el éxito es demasiado ruidoso para que una persona se distinga a sí mismo en el interior de él, y no me refiero al que la vida te coloca delante para que lo utilices en pos de ella; ya que, puesto que este no te pertenece, tampoco ha de molestarte.

El primero de los maestros, en una ocasión, fue investigado por el FBI por el simple hecho de pasar demasiado tiempo solo. Fue, sin duda, una de las personas más inteligentes y hermosas que jamás haya existido y una de las que más he admirado y querido, a pesar de no haber conocido personalmente.

El silencio es tan codiciado y sanador que la gente os lo envidiará como el mayor de los tesoros, guardarlo en vuestro interior como se merece, entregaros a él.

Cada vez que algo acontece a nuestro alrededor, rápidamente buscamos una salida a dicha situación, más es preferible buscar el silencio y la soledad; ya que en él se halla la entrada al estado que no necesita de ninguna salida.

Felipe Rubio.

Tu Propio Camino

Cuando buscamos nuestro camino en otra persona: un gurú, un escritor, un político o un chico o chica de moda, nos comportamos de manera reafirmante; es decir, que buscamos en esas personas (o incluso en determinados movimientos sociales,) cualidades que nos definan y a su vez nos proporcionen determinado grado de estatismo, ahorrándonos así, el trabajo de seguir buscando; o dicho de otro modo: de continuar viviendo.

Es en estos momentos cuando nuestra vida se vuelve inútil por decisión propia.

Si quieres vivir plenamente, que no es otra cosa que desarrollar tus potencialidades, enmendando, de paso, alguna que otra aporía con la que cargas debido a tu pertenencia a diversos sistemas; tendrás que enfrentarte a la belleza y a la increíble fortaleza de estar viv@ por ti mism@.

De lo contrario puedes refugiarte en tus diplomas académicos, en tus compras en El Corte Inglés o en tu gurú de turno; pero al menos, y en este último caso, no cometas el error de creer que tu huida es más honesta que la de l@s otr@s.

Si alguien te impresiona con sus palabras o sus actos no te conviertas en su siervo, negando así tu capacidad de discernimiento. Utiliza lo que sus palabras o sus actos desencadenen en ti para seguir hacia delante; inicia con ellos o continúa: Tu Propio Camino.

Felipe Rubio

Yoga & Neurodanza

10.00 h Llegada y Bienvenida (dinámicas de grupo relacionadas con el movimiento, el contacto visual, la voz y la expresión de nuestra fuerza).

11.00 h Neurodanza (para expandirse es necesario reconocer nuestro cuerpo).

13.00 h  Visualización Sanadora y Niño Interior (el abrazo a nuestros defectos).

14.00 h Descanso (tiempo de comida y baño en poza natural).

17.30 h Yoga.

19.30 h Círculo de Integración (toma de consciencia y armonización de lo experimentado).

A partir de las 20.00 h tiempo de compartir, cantar, cenar y disfrutar de la compañía.

 

La comida la aportamos entre tod@s y existe la posibilidad de quedarse a dormir en la casa

 

Reservas antes del 19 de julio. Plazas limitadas.

Tlf: 638 036 927/Mail: yogayconocimiento@gmail.com

 

Cerrar la puerta al rencor

Dos hermanos abandonaron su pueblo. El primero cerró sus cuentas antes de hacerlo; pago sus deudas, cobró las que otr@s tenían con él, devolvió libros, tebeos, bofetadas e insultos. El segundo se encargó de que nadie pudiese decir: tal persona me debe algo, pero no quiso tomar venganza, como él decía; por no guardar rencor a nadie. Con el paso de los años ambos regresaron. El primero halló una aldea hermosamente desconocida en la que construir una casa donde pasar el resto de sus días. El segundo, a pesar de regresar a la par, tardó más en llegar, tomo rodeos, se perdió en la noche y encontró que el pueblo que había dejado atrás continuaba exactamente en el mismo sitio; pero que sus edificios resultaban más oscuros, sus calles más tétricas y sus perros más rabiosos; además tuvo la certeza, antes de volver a huir a la carrera, de que todo aquello le perseguiría por siempre; es más: de que todo aquello le había estado persiguiendo por siempre.

 

Felipe Rubio

El espejismo interrumpido

Sin expectativas no te marcas objetivos a largo plazo, no creas esperanzas para la vida, sino que vives y esto te hace sentir esperanzad@ (no pensar que lo estás, que es distinto).

No alimentas sueños ni ilusiones pasadas o futuras; aquellas que se truncaron y te hacen sentir frustrad@ y aquellas otras que deseas que sucedan y te arrancan del presente provocando, en ocasiones, que te molesten cosas sin importancia, como que tu compañer@ de trabajo sorba el café o tu pareja te pregunte algo un par de veces más de lo debido.

Te enoja el hecho de que te saquen del “sueño” y te embarquen de nuevo directamente en el presente, que interrumpan el espejismo; ya que “este” presente es algo a evitar a toda costa por ti, pues en él te sientes profundamente desmotivad@, a veces; tan profundamente que crees ahogarte y te encuentras incapaz de levantar la cabeza.

Por eso, no solo te irrita el hecho de que te hagan regresar, te irrita, además y por encima de todo, que al hacerlo sientas ya, de antemano, la desilusión futura.

Mas no es el presente el que te defrauda, pues aquí no hay nada capaz de hacerlo; ninguna idea que pueda romperse, nada, a excepción de La Vida; esa que debes sentir y no pensar que sientes, y que sientes de manera mucho más profunda que tu desmotivación, de esto puedes estar segur@…  aunque antes, tengas que darte cuenta.

Felipe Rubio

Como un telón de agua

A veces se tiene miedo de que la pesadilla concluya, como si tras esta no existiera absolutamente nada, mas esto forma parte de la propia pesadilla; es su propio tronco, lo que la enraíza a la vida.

Si nuestra pesadilla no trajera una inmensa pegatina en la que pudiera leerse: ¿Y si no soy yo, qué? Y si el trabajo de esa chica, que logrará marchitarla en semanas, no hiciera lo mismo; o la pareja a la que no se atreve a dejar tu vecina; ni tu pesadilla, ni el trabajo esclavista, ni el novio de tu vecina hubieran durado tanto.

Mas su función es esa… son como el telón de agua de una catarata que imita al acero para convencerte de que se trata de una entrada sellada, pero esconde todo un mundo detrás; y no te atreverás a cruzar a menos que cierres los ojos.

Felipe Rubio

Permite que el ramaje se seque

Observa tus actos involuntarios y tus reacciones incómodas sin miedo, empapándote de ellas como una prenda abandonada bajo la lluvia. Siente que estas son un gran árbol que sale de ti, cuyas ramas se expanden ejecutando por sí solas, exactamente eso que tanto te molesta hacer o pensar; hazte cargo de tu emoción ante esto, no solo ante el acto en sí, sino ante el propio árbol.

Luego visualiza como tu ser se va haciendo grande mientras el árbol disminuye su tamaño, sin perder de vista la sensación de fortalecimiento interno que ahora te invade; una sensación que crece y crece, que se empodera, haciéndose cargo, finalmente, de la situación. Adueñándose de ella, hasta el punto en que el árbol acaba convertido en una diminuta planta, incapaz de levantar su cuerpo del suelo.

Siente que su antigua entidad, que te igualaba y te superaba en ocasiones, ha desaparecido. Hazte cargo de que su presencia se extinguió, de que su fuerza se sumó a la tuya sin diferenciación alguna. Permite que el ramaje se seque, que su silueta se pierda entre la tierra informe; observa como el problema ha desaparecido. Acaricia la liberación que esto supone, intégrala a tu campo emocional; date tiempo, todo el tiempo del mundo para que esto suceda.

Felipe Rubio

No te das cuenta

Te das cuenta de que no supiste alcanzar las metas porque erraste el camino. De que querías ser bello y te enamoraste de personas bellas, de que querías ser elegante y te enamoraste de personas que poseían elegancia; de que deseaste fortuna y te enamoraste de personas afortunadas.
 
Fue así como poco a poco te fuiste convenciendo de que entre tú y la belleza, la abundancia o la elegancia, debería mediar inevitablemente una tercera persona, ya que no tenías el valor de enamorarte de la propia belleza o de la abundancia en sí misma. De modo que ibas de lado a lado probando el amor de las personas que te encontrabas por el camino; pero este amor te defraudaba.
 
Estas personas podían responder de su belleza, elegancia o fortuna, pero nunca podrían responder por la tuya. Colocaste siempre a alguien entre tú y el objeto de tu anhelo, lo utilizaste como excusa, como parapeto. Te colgaste de las más bellas, de los más sutiles o de los más elocuentes, sin encontrar en ellos tu propia sutileza; tu propia luminosidad.
 
Al fin, un día caíste en la cuenta de que todas esas personas de las que anduviste del brazo, veían en ti ya la elegancia, la seguridad, la firmeza, la claridad de palabra y pensamiento. Se enamoraron de ti, logrando lo que era imposible para tu propia persona. Por eso, precisamente, jamás disfrutaste de un éxito que ya tenías, y es ahora cuando te das cuenta de su presencia.
Tal que si se tratase de una narración extraordinaria, te bastó olvidarte de la abundancia para que esta se hiciese visible, o mejor: consciente. Te sientes agradecid@ ante ella y esta a su vez agradece tu agradecimiento… y se expande y se expande y se expande sin límites. Enhorabuena, TE LO MERECES. Espero que no lo olvides nunca.
 
Felipe Rubio

Saber que tu mundo está mejor sin determinadas cosas

Habíamos alquilado una casa dentro de una parcela, con cierto aspecto (tanto la casa como la parcela,) entre decadente y modernista, que mamá decoró por completo. Ella era alta y hermosa, mi madre, quiero decir; extremadamente delicada; de esas personas capaces de sonarse la nariz imitando una pieza de Erick Satie sin percatarse de ello, lo cual hace que la interpretación sea mucho más interesante.

Mi padre, sin embargo, era un tipo menudo y poca cosa, creo; taciturno en ocasiones y jovial en otras, alguien a quien, desde un primer momento, sospechabas que no ibas a comprender nunca. Capaz de pasarse días ausente, aunque de cuerpo presente, sin que esto significase absolutamente nada bueno o malo; aún así, en una ocasión me dijo algo importante (fue precisamente en esa casa); me dijo:

-¿sabes por qué soy así?- Yo supuse que la pregunta era retórica.- Porque nunca conseguí comprender a mi padre.

– Y ¿por qué no?- le pregunté entonces.

En ese momento mi padre pasó al modo “todo me es indiferente” y contestó:

-Imagino que no me esforcé lo suficiente en hacerlo-, dijo mirando al infinito.

Desde entonces procuro esforzarme en comprenderlo como si de esto dependiese mi vida, tal y como dependió la suya; por eso, a día de hoy, no sé si era o no realmente poca cosa.

Dentro de la parcela en el interior de la cual se hallaba nuestra casa había otra que ocupaba una pareja extraña; una pareja que parecía venir de un lugar remoto, y no es que tenga nada en contra de los inmigrantes, lo digo plenamente en serio: me encantan las personas de todos los colores y de todos los países, los hablantes de todas las lenguas y los practicantes de todas las religiones, incluso los que no practican absolutamente ninguna religión; y me gusta que estén aquí, conmigo, que convivan en mi barrio o en mi edificio; en mi casa, si es preciso.

Cuando digo que parecían venir de lejos me refiero a muy lejos, tal vez otro planeta, otro sistema solar incluso. Me refiero a que eran personas que no hacían nada, absolutamente nada que pudiera despertar tu curiosidad; a que sus sonrisas eran inconsistentes y el aire parecía pasar a través de ellas como a través de la red de una portería de futbol; o a que sus palabras dejaban en el que las escuchaba un regusto rancio y agrio como el bicarbonato sódico, aunque se tratara de halagos, o mejor dicho: especialmente si se trataba de halagos.

El caso es que mi madre comenzó a pasear con Mis Extra-Sistema Solar en compañía de Lucy, que era nuestra perra. Lucy era un animalito bastante feo y pequeño, gruñón y extremadamente desagradable a la vista, una especie de chinche que parecía haber desarrollado la horrible dentadura de un burro o de un caballo. Aún así todos la amábamos, y digo amar porque la palabra querer me resulta demasiado interesada, demasiado materialista y posesiva, y porque, créanme; no había nada en Lucy, absolutamente nada, que pudiera despertar un sentimiento mínimamente posesivo. Nuestra vecina no le caía bien, sin embargo, y en esto coincidíamos. Se parecía demasiado a ella y temía que la reemplazase de algún modo. El caso es que Miss Extra-Sistema Solar siempre hablaba mal de las personas y esto nunca me ha gustado, no solo porque si alguien te habla mal de otra persona sabes a ciencia cierta que tarde o temprano acabarás en su lista negra, más aún: que toda su lista es negra; sino y especialmente, porque la gente que habla mal de otras personas acaba consiguiendo que hagas, precisamente, lo que más detestas: hablar mal de ellas.

Mi madre era tan alegre y risueña que cada vez que entraba en casa, no solo en esta, sino en todas las que ocupamos a lo largo de nuestra vida, mi padre no podía evitar decir para sí: ya llegó la primavera, e intentar escribir por enésima vez un poema siempre ausente, como él, que recogiese aquella sensación tan fresca y ligera. Por el contrario, Miss Extra-Sistema Solar era retorcida y de alma avinagrada, y esto era exactamente lo que su presencia hacía llegar a todo aquel que se cruzaba con ella; mi madre, por el contrario, olía a navidad.

El tema es que tras sus paseos, mamá, desde por encima de aquel cuello tan hermoso que parecía esculpido en el colmillo de un elefante, siempre dejaba caer lo que M.E.S.S le había contado acerca de alguien, y aunque lo hacía de manera inocente, sin ningún tipo de intención y acompañada de la más maravillosa de las sonrisas, a través de su boca parecían fluir las propias palabras de nuestra vecina, llenando el ambiente con la contundencia de una bomba fétida. Incluso su aliento se volvía grisáceo, como una neblina insana. Además, las expresiones que M.E.S.S utilizaba para referirse a otras personas no solo eran vulgares, simplistas e insidiosas sino absurdas.

Miss Extra-Sistema Solar se creía, por ejemplo, en el derecho de decidir si una persona era buena o mala, como si hubiese un solo ser sobre la faz de la tierra que pudiera ser una cosa o la otra, a secas; o peor aún, como si alguien que hablase acerca de la maldad de otro no estuviese, realmente, dudando de su propia benevolencia. Sus juicios eran tan gratuitos y acerca de hombres y mujeres tan alejados de ella y de nosotros que no solo resultaban enojosos, sino desmedidamente enfermizos.

En definitiva, Miss Extra Sistema Solar se preocupaba por todo lo que concernía a personas de las que raramente sabía su nombre, y criticaba desde la forma de vestir hasta lo que  plantaban en sus macetas, los sitios por los cuales paseaban o el modo en que caminaban; lo criticaba todo; porque la crítica deja un espacio terrible en nuestras mentes para la ignorancia, cuanto más ignorantes somos más nos alejamos de la felicidad y cuanto más infelices más nos preocupamos de una vida que no es la nuestra.

Detesto a las personas que hablan mal de otras personas, sencillamente porque temo que su infelicidad sea contagiosa.

Mi padre y yo, nunca entendimos demasiado bien el hecho de que mamá insistiese en pasear con M.E.S.S, o que permitiese que sus comentarios creciesen luego por el salón de nuestra casa, traídos por ella, como extraños bulbos cancerígenos con los cuales tropezábamos, tal que si de los libros de poesía de papá se tratase. Pero los seres delicados lo son para todo el mundo, no solo para sus familiares, por poco que a estos les guste.

El caso es que un día la pareja de habitantes del hiperespacio atravesó un corredor que mediaba entre ambas casas, cargado él, con una par de gigantescas jaulas en las que viajaban cuatro gallinas, puesto que otra característica de la ocasional compañera de andanzas de mi madre, era que siempre hacía que su pareja realizase el trabajo del que ella presumía, es decir, que cuando decía: he plantado lechugas, lo que realmente quería decir era que Mister E.S.S las había plantado.

Construyeron un gallinero en su parte de la parcela (él,) e introdujeron éstas en su interior. Cuando concluyó el trabajo, aquel hombre parecía inspirar patetismo y compasión a la vez. Más tarde me percaté de que aquel aspecto era inherente a su persona, de que se paseaba por la vida como si cada mañana fuese conducido ante un pelotón de fusilamiento.

Por supuesto, Lucy, no dejó pasar la oportunidad de patrullar en torno al cercado de manera continua y de buscar un hueco por el que introducirse en aquel lupanar de pluma y carne, y por ende, M.E.S.S no desperdició la ocasión de quejarse de ella. Ya que en el fondo Lucy a los ojos de nuestra vecina era exactamente lo mismo que las aves a los de la perra, aunque la perra pareciese mucho más inteligente. Murmuró a voz en grito que orinaba junto a la verjita y que el olor era insoportable, que había llegado incluso, a romper la alambrada: un poquito, matizó luego. Entonces papá y yo hubiésemos deseado que mamá le hubiera contestado que en el campo siempre hay animales, y que aquellos que detestan las hormigas no deberían ir de pic-nic, pero ella no encontró argumentos para contraatacar a alguien que parecía creer que el Chanel nº 5 era un invento de sus gallinas. Después todo se desorbitó, mamá se vio en la obligación de prohibir salir a Lucy y esta comenzó a enfermar carcomida por el aburrimiento y el deseo de intentar hacerse con aquellas deseadas presas.

Las palabras de una persona no son como trenes vacíos, sino que cada una de ellas arrastra su amor o su odio, y en el segundo de los casos resultan tan mortíferas como una bomba de neutrones, aunque parezcan suaves como una manta de terciopelo.

En aquellos momentos mi corazón de niño descubrió que Lucy era algo más aparte de fea y pequeña y comencé  a desear que aquellas personas desaparecieran. No lo creerán, pero automáticamente me convencí de que así sería e insospechadamente sentí que se desvanecían, que dejábamos de verlos poco a poco y que su coche, aparcado en el mismo garaje que el nuestro, se volvía tenue.

Mamá encontró como por arte de magia un trabajo de profesora que la separó de M.E.S.S y las huellas que los pies del fusilado dejaban en la gravilla del jardincito colindante a ambas casas se tornaron inconsistentes. Sus voces cuando nos cruzábamos con ellos, cada vez menos, parecían ahora  venir de muy lejos. Comenzaron a desaparecer, y esta afirmación no es en absoluto una metáfora, me refiero a una desaparición en toda regla. Sencillamente se extinguieron como la niebla insana que salía de sus fauces y una buena mañana simplemente no estaban.

Lucy salió de nuevo a la parcela no compartida sin osar ni por un momento acercarse al gallinero vacío, y la casa adyacente a la nuestra se llenó de telarañas y se vació de memoria. La imagen de sus fantasmas desapareció también de nuestras mentes, el olor a navidad regresó al aliento y al seno de mi madre y nadie recuerda hoy que aquellas personas existieran, a excepción de mí, que seguramente no reconoceré mañana haber escrito estas líneas. No me gustaría, no obstante, que nadie pensara que voy por ahí haciendo desaparecer a las personas de manera fría y arbitraria; pero tampoco quiero darle a ningún otro la oportunidad de dejar de saber que mi mundo está mejor sin determinadas cosas y que jamás permitiré que éstas sucedan en él.

 

Felipe Rubio