Ética para nubes

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Un ensayo de Felipe Rubio acerca de los movimientos sociales

Concibo la existencia como el trabajo continuo de sentir toda idea o acontecimiento tal que una especie de nube pasajera debido a la convicción de que en la repetición se halla la enfermedad y finalmente la muerte.

El autor

 La Era de la Propiedad ha traído consigo momentos amargos incluso para los propietarios. 

E. M. Forster


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Política es aquello que concierne a la Polis y el concepto de Polis va más allá de las dimensiones de esta o sus infraestructuras; la polis son también sus integrantes. Sin embargo, y aunque el concepto no haya sido nunca inmaculado, en la actualidad no solo no compete a los ciudadanos, además, la teoría inicial acerca del término ha quedado desdibujada a fuerza de ser vaciada de manera continua, haciendo de él un estorbo, una suerte de ostra de la cual una vez abierta descubrimos que ha sido devorada previamente.

Para llevar a cabo este fraude a los habitantes de la polis se ha creado una casta social elevada, que procede, como no podía ser de otro modo, de ciertas familias cuyo poder se pierde en la noche de los tiempos. Es decir: la clase política se ha construido a sí misma siguiendo las consignas de una diminuta clase dominante, de la cual algunos de sus integrantes forman parte; su función principal consiste en tomar los intereses de ese reducido grupo por los de la humanidad al completo.

El valor ya no reside en aquello que atañe a lo humano, sino en lo que es mejor para el “crecimiento”. Nuestro cometido es producir para los de arriba y tenemos la convicción de que mientras mejor les vaya a ellos mejor nos irá a nosotros. Esta convicción nos ha sido legada, ya que nadie llega, por sí solo, a la conclusión de que acrecentando las diferencias sociales se hace un bien a la humanidad. Al hacerlo, de hecho, se violenta la ley natural mediante la cual todos los seres somos iguales, e incluso más que iguales: todos los seres somos un mismo Ser.

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Un Ser Social en el que todos los seres tengan los mismos derechos es también un entramado que explota las posibilidades de cada individuo, haciendo que todos y cada uno formen parte del reflejo de la Consciencia; ya que esta muestra sus atributos a través de ellos y estos, al reconocerlos, le sirven de espejo, convirtiéndose en el vehículo gracias al cual ella memoriza parcelas de autoconocimiento, hasta ver formada su imagen por completo. Imagen que, al igual que el nombre de dios para los judíos, nunca ha sido hollada.

La confusión que nos arrastra a la diferenciación entre seres se debe en parte a la aplicación de la filosofía contractual, y a la hipótesis de que toda relación humana debe ser ordenada de manera legislativa o a través de contrato. Como todos sabemos un contrato no nace de una unión en igualdad de condiciones, ya que en todo él hay alguien que somete y alguien que es, casi siempre, forzosamente sometido.

El derecho es el dictado de la ley y con respecto a ella no existen ambigüedades, se está dentro o fuera; todo cuanto dice tiene el dudoso cariz de lo incuestionable.

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Cuando el poder siente que dios se le va a quedar pequeño con respecto a sus ambiciones, que va incluso a poner cortapisas a estas, inventa un regidor moral mucho más amplio; así, el derecho es utilizado indiscriminadamente para enajenar aquello que no le pertenece, como sucedió en el continente americano.

Mediante él se posee a otros seres, se mercadea con ellos y se subyugan pueblos, merced a un determinado lenguaje. Sin duda alguna, el derecho fue el pistoletazo de salida para el capitalismo.

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En nuestro país el concepto de casa, que responde en primer término al de propiedad privada, es muy importante y explica gran parte de lo acontecido en los últimos treinta años. La esperanza de ser poseedor de nuestro propio hogar era una especie de divinización del ego. Convertirnos en su dueño representaba sentirnos orgullosos ante nuestros descendientes, tener un sitio en el que enfermar, en el que progresar y perecer rodeados de cuanto habíamos conseguido. Pero su significado no se agotaba en este punto, sino que continuaba creciendo, ya que para muchas familias representaba el nebuloso laberinto que permitía escapar de la pobreza psicológica, obtener el ansiado “carné” de las clases medias.

Aun así, pocos hogares pueden jactarse de no haber acabado con ese ensueño, y la casa, que prometía ser la seguridad, casi siempre se convertía en la casa a secas. Caía el telón, la obra concluía, y el final no era exactamente como esperábamos.

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Una casa ha de hallarse fuera del cosmos, pues su función primera es la de protegernos de él; al mencionarla, no solo mencionamos un refugio, sino que distinguimos en ella algo íntimo, una especie de compartimento particular con funciones de capullo de seda. De hecho la palabra “casa” es realmente un señuelo, un comodín que acostumbramos a sustituir por otra mucho más amplia y contundente: la palabra “hogar”.

Cuando decimos “casa” no vemos un piso de cincuenta metros en el que convivir con nuestro cónyuge y nuestros hijos; imaginamos más bien una maceta dentro de la cual tanto a nosotros como a nuestra pareja e hijos se nos permitirá “echar raíces”, empezar a Ser.

De modo que el piso se convierte en “hogar” y la palabra hogar resulta ser comodín de otra; tal y como la palabra casa lo fue de ella. “Hogar” se convierte automáticamente en “mundo”. Aquel que contiene lo que nos pertenece en exclusiva, lo que aceptamos y lo que deseamos ser.

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Por esto, una casa es un capullo en el que introducirnos como gusano y salir como mariposa, y un vientre materno comunal; y un libro en el que se escribe nuestra vida entrelazada con la de nuestros seres más queridos. Es, a fin de cuentas, el medio para convertirse en “Hombre” o “Mujer”.

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Pero ¿qué ocurre cuando el ensueño de la casa se rompe? En dicha situación vemos desnudo el espejismo dentro del cual nos hallamos inmersos, y las consecuencias de la desnudez se agravan si nuestro nivel cultural es modesto, si no tenemos inquietudes que compartir con el resto de ocupantes, proyectos comunes con nuestra pareja, o algo “real” que ofrecer a nuestros descendientes. “Real” aquí quiere decir algo propio y que solo nos pertenezca a nosotros, pero también algo que no esté sujeto a cambio; que sea capaz de ayudar a combatir el miedo; el mismo que nos empujó en su día a perseguir nuestra casa-hogar-ensueño.

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En la Antigua Grecia, “verdad” se denominaba con la palabra alétheia y hacer aléthesis significaba desvelar, retirar el velo, romper el ensueño. Según esto, la verdad se halla tras esta sucesión de días y noches que denominamos vida, y no es más que una gasa que apartar a modo de visillo. Por ello resulta beneficiosa una existencia austera.

Las comodidades superfluas no son más que velos, que se van superponiendo al primero de ellos, y acumulando ensueño sobre ensueño, corremos el peligro de alejarnos de nosotros mismos.

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Si se nos pregunta: ¿estás de acuerdo con las clases sociales? No podremos responder con una mera afirmación, nos veremos abocados a utilizar una excusa, y por lo tanto, a adornar una mentira, a colocarle máscaras hasta que esta quede irreconocible. La verdad, según los griegos, se vale a sí misma en la más absoluta de las desnudeces; esta desnudez de lo esencial también ha de imperar en nuestro día a día; pues no solo tenemos que perseguir la verdad, además hemos de vivir verdaderamente para convertirnos en sus merecedores.

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Las empresas solicitantes de candidatos sonrientes y dinámicos pretenden contratar personas que no den problemas, aceptando de buen grado el maltrato que se les dispense. Exigen que si un empleado sufre una pérdida sentimental no exteriorice su tristeza, que de hacer puntualizaciones con respecto a su contrato se sirva de cauces previamente polarizados, y en caso de insatisfacción, no la comparta con sus compañeros, impidiendo así su reconocimiento en la clase social a la que pertenece, y obviando por tanto toda reivindicación por parte de esta.

El empresario es consciente de que el problema no desaparece al ser negado, pero utiliza el tiempo de la negación para subsanar el problema como mejor le conviene. Una vez subsanado, el tiempo de la negación se instaura nuevamente, creando un continuo en el cual nada que no responda a los deseos del empresario sucede.

El tiempo de las empresas es pues el de la negación, que en su continuidad se extrapola de los actos y la clase social de los empleados a la propia negación de estos. Para las empresas sus trabajadores sencillamente no existen.

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La subsanación de aquellos problemas que atañen a empresarios y empleados se lleva a cabo de manera unilateral y sin contar con la aprobación del empleado, pues es la empresa la que cuenta con la infraestructura jurídica precisa, utilizando de manera ordinaria un lenguaje que el empleado desconoce por completo. Es decir: el supuesto lenguaje que media entre empresa y empleado no es tal, ya que el primero lo crea y el segundo, generalmente, lo ignora.

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Una vez que el ensueño-hogar se desvanece, sus habitantes apuntalan las ruinas, se atrincheran en su interior e intentan reavivarlo, colocándole un rostro que no es el suyo. Esto no se debe a la hipocresía, sino a la incapacidad de rechazar un futuro que creíamos nuestro, y a la de convivir con el presente de manera inmediata.

Nuestras pretensiones se tornan accesibles y realistas; aguardamos a que reine un día la mutua comprensión y nos conformamos con que sus habitantes sufran lo menos posible. Recomponemos el resto del sueño, el rostro envejecido de una realidad que esta vez sí nos pertenece, y preparamos el hogar para un reencuentro armónico con sus habitantes: nuestra existencia en él no es como esperábamos, nos decimos, sino como realmente debía ser. Entonces escogemos el agradecimiento como única forma de existencia.

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Otra cosa distinta es cuando la tragedia explota en el interior del hogar tan irrevocable, repentina y contundentemente, que sus habitantes son incapaces de aceptarla. Cuando el dolor supera lo humano y la realidad se vuelve un pozo de tristeza en el cual alguien mastica nuestra alma. La pérdida de un hijo, por ejemplo, es un horror del que pocos pueden salir indemnes.

En estas ocasiones solemos vernos en la tesitura de decidir entre  hundirnos con la  nave o intentar abandonarla. Seguir en ella es casi siempre inútil, pues los corpúsculos que la forman ya solo desean escuchar el eco de sus propias voces y no los lamentos externos, que perciben carentes de entidad, como ecos que el viento despierta en el interior de una gruta.

Afloran rencillas que van tomando una forma eterna y parecen haber estado siempre ahí, problemas hasta ahora desconocidos van creando su propia memoria, royendo  nuestro verdadero pasado hasta dejar de él una figura informe. Marcharse es a menudo extremadamente difícil, pues todo lo que teníamos junto a todo lo que éramos capaces de imaginar se hallaba dentro de nuestra nave-hogar-ensueño.

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Las relaciones humanas han de servirnos para participar de nuestra entera y absoluta igualdad, y esto solo puede solucionarse mediante la ética. El derecho responde a prioridades basadas en la posesión, de tal modo que a falta de esta, aquel jamás hubiese aparecido, como comprendió perfectamente Jacques Rousseau.

Por el contrario, la igualdad solo se da en ausencia de posesiones. La posesión se anexiona al ser, lo engrosa, lo rebosa por completo; acaba por ocultar entre enseres su verdadera apariencia.

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Para poder ver la verdad o reencontrarla cuando nos alejemos de ella, es fundamental pasar más tiempo con nosotros, perder el miedo a conocernos e intimar con nuestro fuero interno; sin embargo tenemos que trabajar para vivir y esto nos roba demasiado tiempo. Si además deseamos un coche cuatro por cuatro y un chalet en la playa, tendremos que trabajar más y más y nuestro coche no solo nos alejará de allá donde no queramos estar, sino de nuestra propia intimidad. Este ejemplo es demasiado material, no obstante, la ruptura de los ensueños inmateriales es mucho más difícil que la de los materiales, por su capacidad de mímesis y su profundo enraizamiento psicológico.

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La cultura del optimismo no solo ha hecho mella en el mundo laboral sino en el personal, debido a que el poder, por su génesis, no puede conformarse con tener el control de una parte de nuestra vida, y ha de aspirar a controlarla por completo.

Una estructura social de clases solo puede basarse en el continuo forzamiento, hallándose por ello al borde del precipicio de manera perpetua. El capitalismo se sabe en busca y captura y su actitud es enteramente paranoica. Podemos jurarle y perjurarle una y mil veces que le entregaremos el tiempo de nuestro trabajo, que consumiremos cuanto él desee a cambio de conservar un mínimo de integridad, pero su respuesta siempre será la misma.

Ha sido hasta hoy el gran hacedor de embelecos. Contra él se pueden esgrimir miles de razones, pero baste con decir que es incapaz de convivir con cualquier otro sistema, sea el que sea, que su implantación exige el exterminio de pueblos, culturas o personas, y que su fin no es el ser humano, sino la economía. Es un cuerpo lleno de sangre ajena cuyo cerebro odia lo que es diferente.

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Imaginar no es crear una imagen sino recurrir a otra previamente preestablecida, ya que la sabiduría, aquello que aparece ante nosotros original y nuevo, no puede haber estado contenida anteriormente en ella. Sería como pretender que algo no nacido contase con una entidad física.

La imaginación es una huida al infinito polarizada por las estructuras que nos gobiernan. Si medimos uno cincuenta y nuestro rostro es vulgar, resultará absurdo imaginarnos altos y guapos; esta actitud nos desposeerá de nuestras verdaderas pertenencías, privándonos por completo de su potencial.

Sin embargo solemos conformarnos con la opinión, rechazando la sabiduría y prefiriendo la imagen a la realidad. Nos asimilamos a ella bajo el pretexto de que esta nos cubre de distinción, cuando en verdad resulta ser todo lo contrario.

Sin percatarnos tememos ser diferentes y nos ajustamos a una imagen para pertenecer al grupo, pero la existencia de este “grupo” exige una disgregación peyorativa del resto, se convierte en una “clase” que obliga a despreciar a los que no la integran, a aquellos que se distinguen y son, en sí, lo que nosotros deseábamos ser en un principio.

La repulsión hacia lo diferente es y ha sido siempre un dictado del poder que nada tiene que ver con nosotros, se nos “vende” con discursos maniqueos y germina en el interior mediante la envidia a aquellos que tuvieron el valor de buscar su propia esencia.

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Pensamos que opinar es un “derecho” que no entraña esfuerzo y da “personalidad”, además de aportarnos una vaga y vana sensación de formar parte de las cosas. Pero la opinión es un chantaje que acaba convirtiéndose en una necesidad. Si mi trabajo es enajenante y no se me permite disfrutar de la maternidad, si tengo que sonreír pase lo que pase, al menos tengo personalidad… o eso creo.

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El marketing que crea necesidades de la nada y abre nuevos mercados para cualquier tipo de producto, tiene como fin convencernos de la necesidad imperiosa de consumir objetos innovadores, que promete, serán fundamentales en nuestra vida; decisivos en la obtención de la satisfacción última. Se nos asegura que tras el objeto recientemente aparecido no necesitaremos otros, que nadie nos propondrá nunca continuar mercadeando, que nuestra próxima compra será siempre la definitiva.

En el consumismo el ser humano se esfuerza continuamente para conseguir algo que considera vital, más tarde se le informa de que su producto está vacío, de que es una carcasa, una nueva ensoñación con la consistencia de la niebla.

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Con respecto a las imágenes el más común de los errores que cometemos es utilizar una escala clasificatoria basada en ciertos valores, que ya en su génesis, responde a otra imagen macroscópica y socialmente admitida, aunque igualmente preexistente. Por esta regla de tres creemos más beneficioso aspirar a ser un conocido maestro, como podría ser Gandhi, que un asesino o un ladrón sin importancia; ambas imágenes, sin embargo, son igualmente ajenas y por tanto nocivas.

Escojamos la imagen que escojamos esta siempre será deficitaria, pues no hay una sola que pueda justificar nuestra existencia y no nos deje tras de sí la frustración de no haber sido.

De esa frustración ha de nacer el conocimiento, el rechazo total a lo anteriormente anotado en el libro de la existencia, y en último término el valor para enfrentarnos a lo que podemos llegar a ser, para aguardarnos a nosotros mismos en la oscuridad de los sentidos, ya que la verdad no precisa de ellos.

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El primer empeño de los gobiernos insolidarios es perpetuar la ignorancia, aliarse con ella para seguir en el poder gracias a unas urnas cuya libertad ha sido talada desde el principio, ya que con un nivel cultural bajo, nuestra capacidad de decisión es absolutamente nula. Hace pocos días (hoy estamos a 18 de febrero de 2.013), un profesor de ciencias políticas comentaba cómo en Sudamérica, un hombre excesivamente pobre le había confesado su intención de votar a los que habían mantenido su país en la miseria durante años; al preguntarle este el porqué, el otro le contestó que si ganaban aquellos a los que el profesor representaba, le quitarían todo cuanto poseía. Una vez que miró a su alrededor para asegurarse, el universitario le dijo: “¿Cómo sería eso posible si no tiene absolutamente nada?” “¿Y si me toca la lotería?” Contestó el otro. Lo peor es que aquel pobre ser posiblemente jamás poseería dinero para jugar a la lotería, o de poder hacerlo, lo haría a fuerza de diezmar aún más su precaria alimentación. ¿Es esto moral? ¿Se puede mantener a seres humanos en un hundimiento tal, en una pseudo-animalidad como esta? ¿No sería necesario ejercer un cambio en nuestras consciencias, un cambio que nos lleve a una planificación de lo existente dentro de una política veraz y justa? Y dicho cambio: ¿no pasa forzosamente por la supresión de las clases sociales?

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Las apuestas y muy especialmente la lotería pertenecen al género de gratificación retardada en el tiempo, y constituyen el paradigma de la oclusión mental que en el consumismo se nos inocula. En ella no consumimos para dejar finalmente de hacerlo, sino que lo hacemos para conseguir un dinero con el que continuar entregándonos a la vorágine. En nuestra desesperación, pretendemos dejar de aspirar a la felicidad que se nos había mostrado en parámetros irreales, y decidimos perseguir el ensueño del consumo continuo. En el interior de este, pensamos, no mediará un solo segundo entre adquisición y adquisición, imposibilitando esto que el espejo de la razón nos devuelva nuestra verdadera imagen.

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Precisamos de la soledad para conocernos, visualizar a los demás y comprender que somos una misma cosa. Cuando estamos con otras personas nuestro ego se endiosa, se revela contra el resto de egos; intenta erigirse sobre ellos, hacerse más grande, comprobar que la sombra que proyecta es más imponente que la del resto. Este esfuerzo por su parte nos supera; en cierto aspecto reconocemos nuestro cuerpo pero no nuestras reacciones o deseos.

Lo que sentimos entre la multitud es la convicción egoísta de nuestra bondad al aceptar a otras personas, pero esa aceptación no excluye la convicción de que los otros continúan siéndonos ajenos. Para comprender lo que la unión representa hemos de experimentar primeramente la unión con nosotros mismos, extrapolarla y utilizarla como guía.

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Tras la desgracia en el hogar llega el momento del silencio, de la soledad obligada y la reclusión interna; única forma de comunicación con los que quedan a nuestro alrededor; ya que cualquier voz toma la forma de una espada.

Entonces debemos intentar comprender el devenir de todo cuanto nos rodea, acercarnos al centro de la existencia y aceptar nuestra mismidad como ese “continuo estar de paso”. Hemos de comprender que el ser humano es una roca bajo la lluvia, que esta es casi incapaz de afectarnos, que los recuerdos no son más que imágenes que nada tienen que ver con nuestra esencia, que en este mundo perdemos sin perder, y que una parte de nosotros aprende y perdura, pues forma parte del todo.

Encontrar a los que ya no están en ese todo es esencial para perdonar sus defectos y mostrar gratitud por haberlos conocido.

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No tengo nada en contra de La Casa, si poseéis una espero que la llenéis solamente de cosas útiles, que no la compartáis con intereses, que intentéis no uniros tanto a ella que la separación os cause daño. Llegará un día en que tendréis que partir; procurad hacerlo sin pena, pues es muy posible que os llevéis ese quebranto puesto, e incluso que esa misma tristeza se quede en el mundo y ocupe vuestro lugar entre los que os rodearon. Sed conscientes de que la casa por sí sola no podrá acabar con vuestro sentimiento de desarraigo, de que la necesidad de un hogar no es más que añoranza del todo al que os dirigís y del cual partimos. Intentad mediante dicha comprensión no caer nunca en la desesperanza.

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La experiencia sindical en España, destinada a suplir la desventaja por parte del empleado a nivel jurídico, ha resultado ser un empañado reflejo de lo que nunca debería haber sido.

Al darse la figura del liberado sindical, el poder ha aprovechado la división entre este y aquellos a quienes debería representar para contaminar una relación que de por sí era lejana, agudizando sus tropelías.

Los liberados sindicales se han convertido en “la otra cosa” al defender los derechos laborales en un trabajo que no realizan, creando así una contradicción a partir de la cual hacer crecer algo que no pertenece a los empleados; tal que si las soluciones creadas para dulcificar la relación entre el estrato del patrón y el del proletario se dieran en una capa intermedia, y esta fuese incapaz de envolver a ambos.

Las relaciones de trabajo han de darse forzosamente entre los trabajadores y el patrón, estando formada la parte de los primeros por ellos al completo y sometiendo toda decisión a votación asamblearia, siendo función del sindicato que ellos mismos integran la de procurar los medios para que esto así suceda, y la de suplir las deficiencias jurídicas de los empleados frente a la empresa; ya que toda intervención entre interesados supone forzosamente la existencia de un tercer interés.

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Tendemos a pensar que nuestro camino es el justo, tomando por camino a la representación gráfica de nuestros pasos sean cuales sean. En el mal llamado amor, por ejemplo, ya que el amor ha de tenerse a la humanidad entera y no a un solo individuo, nos sentimos ultrajados cuando alguien se desenamora de nosotros. No caemos en la cuenta de que al enamorarse perseguía la posibilidad de un cambio empujado por una imagen, y que de improviso descubrió que esta no le pertenecía. Nos resulta imposible, debido a nuestro dolor, colocarnos en su lugar, adivinar el sufrimiento que representa para el que nos abandona el hundimiento de sus primeras ilusiones, y sobre todo, comprender que nadie se desenamora de nosotros, sino de aquello que no le dejamos ser.

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Llevados a cierto punto, el desencanto hace girar por sí sola la rueda del consumismo, cerrando en su movimiento toda ventana a la razón. Cuanto más sabemos de nuestra infelicidad, más nos agarramos al pseudo-derecho del consumo, a adquirir, algún día y por casualidad, aquello que nos traiga la dicha perpetua. En esto, el acto de consumir es una lotería de premio inexistente.

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Hemos de abandonar al ser que aprende e inaugurar al ser que comprende. El primero deglute aquello que encuentra, expulsa sus desperdicios y deja tras de sí un rastro de cadáveres.

El pensamiento es el hacedor de cadáveres que hay en el ser que aprende, el responsable de descomponer aquello que examina y arrojarlo fuera una vez separadas sus partes y absorbida su esencia.

Comprender es observar las cosas sin descomponerlas, dar en ellas lo entendible por comprendido y lo no entendible también, pues esa es su forma correcta.

Cuando aspiramos al entendimiento no contemplamos lo que hay en el objeto sino el lugar al que conduce, de este modo lo traspasamos sin saber que el camino que nos abre, el inicio de ese camino, mejor dicho, es el lugar en el cual deberíamos quedarnos, el sitio que no conduce a ningún otro punto, que no es senda y como tal es eterno.

Lo que este espacio para la comprensión que el objeto comprendido y no analizado (deglutido) abre, es el estado propio del comprender, la aceptación de lo que las cosas son antes de ser entendidas, en cuyo interior todo encuentra razón de ser. No se trata de la melodía de lo existente sino de lo existente en sí, de la cosa y su testimonio a la vez.

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El mercado coloca ante nosotros objetos-placebo que consumimos de inmediato, evitando el espacio entre la aparición del deseo y su satisfacción. Dicho espacio es aquel en el que el hombre o la mujer deciden, y por lo tanto el momento en que el ser humano lo es por completo en sentido moral. Su anulación tiene como consecuencia nuestra invalidación ética.

Al suprimir el tiempo de su discernimiento ético, el ciudadano no entiende la necesidad de respetar ciertas normas, carece de obligaciones para con la sociedad; es, cree él, única y exclusivamente receptor de derechos. Solo de este modo se explica una sociedad con un 60 por ciento de fracaso escolar, por ejemplo, o en la que un adolescente asesina al mayor número de personas posibles de buenas a primeras, e incluso la existencia de una pseudo-filosofía popular, mediante la cual afirmar ante el abuso de los gobernantes que nosotros hubiéramos hecho lo mismo en su lugar.

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Aspirar a lo que hay más allá es un acto de interés, un acto presuntuoso, si se quiere: yo deseo llegar al final del camino, mostrar a los demás y a mí mismo que lo he logrado, convertirme en poseedor de una certeza plena, entender aquello acerca de lo que medité para convertirme en su dueño. Pero para cambiar el mundo y a nosotros, es preciso, insistimos, rechazar toda posesión superflua.

La respuesta como tal asesina una infinitud de caminos que la pregunta contiene, escoge entre todos ellos y se queda únicamente con uno, rígido y escueto; una senda polvorienta en la que resulta imposible encontrar una huella que no nos pertenezca.

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El poder es plenamente consciente de que es la diferencia de clases la que nos debilita, juega de manera continuada con esa diferenciación, la incentiva o la asfixia, según sus intereses, con el único fin de mantenerse en lo alto de la pirámide. Mas esta pirámide que se nos muestra no es un edificio en el que el poder se instale a hombros de sus súbditos, sino el poder en sí. Si este cayese realmente, la pirámide misma caería.

Este concepto del poder como edificación propia de sí mismo no ha sido asimilado de manera histórica, permitiéndole esta falta de asimilación cambiar su apariencia tantas veces como haya sido necesaria. Solo en el caso de que la pirámide se venga abajo y las clases sociales desaparezcan podremos empezar a sospechar que el poder ha desaparecido.

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Pero el inmoral ciudadano que desea emular a los corruptos jefes de estado, no tendrá la oportunidad de hacerlo nunca, pues el consumismo es impuesto con el fin de que así suceda, y no con el de colmar un deseo que no existiría de no existir un complejo entramado de control y marketing.

Así el capitalismo se constituye como el sistema del perpetuo deseo, ya que el deseo no se acaba nunca y es el único objeto de sí mismo. Por esto el ciudadano de las sociedades capitalistas es fundamentalmente triste, como dan a entender las estadísticas sobre depresiones y otras enfermedades mentales.

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Solemos confundir al solitario con el misántropo, merced a la idea que da por bueno aquello que resulta agradable y no siembra desconcierto. El desconcierto nos pone siempre en una tesitura de pensamiento, de conocimiento y posterior liberación de aquello que nos descompone, pero somos perezosos y preferimos el desconocimiento a la liberación.

Como ya se ha dicho, es en los encuentros con otras personas cuando nuestro ego impera y se defiende, construyendo un sólido muro a su alrededor, cuando más pensamos en destacar, en justificarnos elevándonos por encima de ellos.

En la lógica del ego todo lo que no es él resulta ser el enemigo y por hallarse fuera de su círculo íntimo ha de demostrar su inocencia, mas esa inocencia no le servirá para igualarnos, ya que nuestro ego es lo único que no pertenece a la humanidad entera, y por tanto aquello de lo que podemos prescindir.

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El silencio es también la soledad. Sentimos lo mismo ante el que calla que ante el que defiende su derecho a estar solo; una especie de rechazo que nace del resentimiento de no poder ocupar su puesto, de no ser capaces de abalanzarnos en el conocimiento de nosotros mismos. Nos avergonzamos de nuestra falta de valor llenándonos de rabia que acumulamos con el fin de olvidar la vergüenza primera.

Mas la rabia, al contrario que la vergüenza, se expande hacia afuera, y debido a ello interpretamos que son los otros los que han de cambiar, persistiendo así en nuestra estulticia.

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Aunque no sucede a la inversa, toda posesión física lleva aparejada una especie de sombra que resulta ser su continente psicológico, cuyo peso es asombrosamente superior al esperado, por desarrollarse en infinitud de planos.

Cuando poseemos un traje, ese traje no solo sirve para cubrir nuestro cuerpo, además nos define ante los otros y nos otorga un rango social; acabamos dependiendo tanto de él que aceptamos que en dicho traje se da una definición completa de nuestro ser.

Sin el mencionado traje somos una especie de fantasma, la idea de un boceto en la mente de un pintor que no llega a realizarse.

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La gran diferencia entre la caridad y el derecho es que la caridad contiene un amplio rasgo de poder por parte de aquel que la ejerce, y dicho poder convierte en súbditos a los que la padecen.

Aquel que “usa” la caridad con sus inferiores, puesto que la caridad siempre se da en sentido descendente, perpetúa su estatus sembrándolo en la mente de aquellos a quienes socorre, y haciendo que dicha siembra inutilice por completo sus cerebros, que los convierta en un campo yermo del cual será imposible extirpar dicha semilla.

Se siembre lo que se siembre en el espíritu de un condenado a padecer la caridad siempre acabará floreciendo su incapacidad de ser.

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Este continente psicológico de la posesión hace del enser algo capaz de conjurar nuestra personalidad y mostrársela al resto, o, en caso de ausencia, eclipsarnos hasta el punto de creer que sin la mencionada posesión no seremos reconocidos. Debido a esto y en tanto que no rechacemos la acumulación de posesiones, no seremos capaces de cambiar el sistema, sencillamente porque no tendremos el valor de hacerlo. Seremos una especie de batallón de enfermos a los que aterra perder aquello que poseen, del mismo modo que les aterra la muerte. En el fondo estos dos miedos son una misma cosa.

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Hemos de perpetuarnos en la sobrevivencia de las cosas. La sobrevivencia no es la supervivencia, en esta no hay fusión sino conquista y lo que sobrevive lo hace a costa de ocupar un puesto que antes no le pertenecía.

Los seres humanos no solo formamos parte de lo natural que se destruye sino de lo que en todo momento nace y se multiplica, y la naturaleza se da sobre nosotros como un film sobre una pantalla. Somos el lecho de un río por encima del cual la corriente de los sucesos pasa sin cambiar su trayectoria.

En nuestra parte esencial se esconde la capacidad de contemplación, que encierra a su vez la de descubrir la verdadera sinfonía bajo un sin fin de ruidos, y otorga el poder de decidir si seguimos o no las pautas Darwinianas.

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Las personas que se dejan llevar por el ensueño del sí mismo suelen talar todo árbol a su alrededor para que se distinga su figura imperiosa en el centro del bosque, luciendo como un cometa en mitad de su pequeño desierto. Si acuden a la presentación de un libro quieren hablar más que el autor y si van a un entierro importar más que el finado. A la larga su apariencia no es la que imaginan, impresionante en mitad del calvero, sino otra ridícula y de movimientos artríticos, pero sobre todo triste, pues la tristeza es aquello que está vacío y se halla aislado, merced al abandono que supone la imposibilidad de fusionarse con los otros.

41

La parte inmaterial y duradera que yace en todo ser, el lecho por encima del cual pasa la corriente, es lo que podríamos calificar como CONSCIENCIA. La Consciencia no nos representa a nosotros, es función nuestra representarla sin llegar a mostrarla por completo.

Cualquier intento de perpetuar lo que somos, de congelar la imagen del río que deviene en un determinado momento, es un acto contra dicha Consciencia, ya que esta solo se ve representada en la continua acción del sucederse y existir es ir mostrando y conociendo sus contenidos, sin que aquello que somos en un momento dado pueda detener la sucesión.

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La mente de la persona caritativa es aséptica en el peor de los sentidos; no se mezcla con sus socorridos, no los comprende y le importan bien poco sus padecimientos; su objetivo es simple y llanamente la caridad. Las personas sometidas a la aplicación de esta ciencia por parte de aquellos que no se atreven a ser generosos no son tratadas como iguales, sino como animales desconocidos.

Este continuo trato acaba por convencer al afectado de su infrahumanidad, hundiendo en ella cualquier destello de utilidad que en él aparezca.

Cuando condenamos a alguien a la caridad lo condenamos a no florecer socialmente, obligándole a faltar a su máximo deber para con nosotros.

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Aquel que acumula confunde las posesiones con su propia existencia, sintiendo su pérdida como una especie de muerte que le llena de un miedo atroz. En él, el perecer se convierte en algo extensible que subsume cada segundo de su día a día. Una muerte que se repite con insistencia y contra la que no le importa luchar pasando por encima de los demás, por ver en esa lucha el reflejo de la legítima defensa de su propia vida. Para él todo asesinato es ejercido en defensa propia.

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Algunos millonarios muestran a menudo su preocupación por la pobreza o la invasión de países que poseen recursos naturales, así como su incapacidad de reconocer que la miseria existe única y exclusivamente debido a las diferencias sociales, y que, paradójicamente, son culpables del mismo hambre que les horripila. Sin embargo no hemos de referirnos a ellos en un tono peyorativo, ya que para mantener su actitud precisan de un entramado social que institucionaliza la diferencia y culpa a los pobres de su propia miseria, cuando no hace de esta un asunto divino; sin advertir que esa “divinidad” no rebajaría en absoluto nuestro deber de avanzar hacia la igualdad.

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El hecho de que casi todas las personas que reconocen no entender de arte continúen diciendo a renglón seguido que el arte moderno no es tal, ilustra a la perfección el modo en que en las sociedades de consumo (del no esfuerzo) la crítica es sembrada por una opinión que no nos pertenece.

Esto, que podríamos calificar de anecdótico, esconde una ética censurable, pues, como ya se ha dicho, al conformarnos con la opinión nos cerramos en banda a la sabiduría, haciéndonos incapaces de dar a la sociedad lo mejor de nosotros. En este entregar a la polis el culmen de nuestra existencia, en este florecer, se halla indudablemente la mayor de nuestras obligaciones.

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El caritativo jamás permite que se creen lazos humanos entre él y su dagnificado, sencillamente lo utiliza de manera continua para seguir viviendo entre sus enseres una vida que no es tal, ya que en la negativa a crear vínculos con aquello que nos rodea, negamos, como es lógico, nuestra humanidad al completo.

Ser caritativo es como formar parte de los adoquines de una casa y pretender con ello convertirnos en hogar.

47

El cambio real se da solo en el plano consciente, pues la acción de nuestro ser, en cuanto movimiento, está sujeta a la gravedad del entorno y no responde por aquello que le inspira. Tomar consciencia sobre la no necesidad de la acumulación es como abrir la mano de nuestro entendimiento, dejar que se distienda y permitir que nuestras pertenencias vayan cayendo de ella por sí solas y  sin que esto nos importe.

Hemos de ser cautos y no tirar todo por la borda, pues de hacerlo estaremos arrogándonos un papel que no nos pertenece, y para el cual no estamos preparados; continuaremos en el juego de las posesiones y perseguiremos el deseo de otra vida y de otras circunstancias, perpetuando así el imperio de dicho deseo.

Marquemos la frontera entre las pertenencias y nosotros, hagamos que dejen de ser exactamente “eso”, comprendamos que no son parte de nuestro ser y descubramos que son incapaces de trastocar nuestro camino tendido al infinito.

48

No es justo negar la bondad de los adinerados, que está por encima de toda duda, sino su falta de consciencia debida a los lazos que las cosas materiales van creando. Esa misma falta de consciencia existe en las clases bajas y medias en forma de miedo o de envidia, y es a menudo la clase más baja la que se convierte en votante potencial de los grupos políticos más insolidarios, merced a su desmoralización y a la falta de aprecio por su existencia.

Dicho desprecio hacia sí mismos solo halla satisfacción en ubicarse por encima de los otros, casi siempre de manera burda, así como en la utilización de parámetros absurdos, tales como la procedencia, el color de la piel o las costumbres.

Es preciso que estas personas, que reciben un derecho al voto que alguien podría poner en duda, aprendan que su vida puede ser luminosa sin tener que ubicarse por encima de nadie, que la satisfacción forzosamente ha de encontrarse a nuestra altura y que hemos de atrevernos a ser solidarios; es decir: humanos. Enseñarles a que no se conformen con el placebo insípido que El Poder les coloca en el paladar e instarles a que intenten ser honestos, tomando por honestidad aquello que es útil, sincero y bello, para nosotros y para cuantos nos rodean.

49

Como ya se ha dicho no podemos juzgar nuestros actos sino trabajar en nuestra consciencia, ya que los primeros se ven sujetos a la condicionalidad del mundo en torno. Se trata más bien de que la consciencia se aprenda a sí misma, aguardando el momento adecuado para materializar su sabiduría.

50

Al forzar nuestro comportamiento con otros y mostrarnos falsamente receptivos, como ocurre en las sociedades de consumo, no solamente intentamos engañarlos de manera fallida, además nos negamos a sentir la fraternidad que simulamos, pues con nuestra actitud, acallamos la necesidad de hacerlo buscándole un substituto.

De este modo no solo pretendemos engañar a la persona a la cual sonreímos, además intentamos engañamos a nosotros mismos. Mas como todo ser necesita mezclarse con los demás, disolverse en ellos de la manera más profunda debido a su naturaleza última,  nosotros seremos realmente los únicos engañados.

51

Si repentinamente abandonásemos cuanto poseemos sin tomar la debida consciencia, y esto supone comprender el porqué de nuestros actos, el abandono nos causaría sufrimiento. En primer lugar por perseguir una imagen dentro de la cual no estamos comprendidos, y por tanto intentar convertirnos en alguien que no somos. En segundo, porque al hacerlo concederemos tanta importancia a las pertenencias como cuando nos molestábamos en acumularlas. Sería algo parecido a decidirse por el suicidio ante la idea de no apegarse a la existencia.

52

A diferencia de los hombres los dioses tienen la posibilidad de ser buenos o malos, no con respecto a sus actos sino a su esencia. Esto se debe principalmente a su inexistencia.

53

Existe la creencia de que un hombre puede pelear fuera de casa y amar dentro de ella, odiar a sus adversarios y respetar a su pareja o a sus hijos. Esta actitud no es fiable, ya que al actuar cultivamos reacciones con un alto grado de espontaneidad y nada puede asegurarnos que haciéndolo mal con nuestro vecino, no podamos hacerlo igualmente mal con nuestra familia. Bajo esta premisa, es prácticamente imposible que nuestros amados no acaben convirtiéndose en enemigos.

Cuando reaccionamos con ira u orgullo lo hacemos debido a estímulos embriagadores que se dan en un momento preciso y de manera unilateral, cuya intensidad es capaz de hacernos perder el control de nosotros mismos.

Estos estímulos son más accesibles que la satisfacción, que se acumula gota a gota, y bajo la cual no sentimos enajenamiento, sino recuentro con nuestro ser.

En el fondo, y pese a la natural repulsa a utilizar clasificaciones verticales, todo se reduce a que hay una escala sensual en la base de la cual se hallan los instintos primarios y en cuya cúspide se encuentran los más sutiles, los que precisan de “educación” para ser percibidos.

54

No solo la incultura tala nuestra capacidad de decisión, también lo hace el consumismo, el continuo entretenimiento o el empeño por parte de los poderes fácticos de que nunca nos quedemos a solas. Cualquiera de las infinitas estratagemas, en definitiva, utilizadas con el fin de impedirnos Tomar Consciencia.

Cuando nos comportamos de manera inteligente hacemos que nuestros actos sean convenientes para los que nos rodean y para nosotros mismos. Estos, al ser bellos, en cuanto a correctos y solidarios, extienden su belleza no solo a los que comparten tiempo y espacio con nosotros sino a aquellos que nos sucedan.

La belleza es un árbol de raíces profundas cuyas ramas se extienden más allá del tiempo y sus frutos son imperecederos en el mismo sentido en que el ser humano lo es; por esto decimos que un acto honesto es inteligente, beneficioso y profundamente bello.

55

Toda revolución, tomando por revolución al movimiento social que “recoloca” una anomalía y reordena el camino de la sociedad en la que aparece, ha de darse en esa Consciencia que es global y de la cual vamos mostrando y memorizando rasgos. No es camino de paso hacia otro estado sino revolucionaria en sí, y su fin es polarizar las fluctuaciones que degeneran en aburguesamiento.

La burguesía es un signo de posesión que rompe la premisa necesaria para la Continua Formalización del Ser Social, que es la revolución; basada, como no podía ser de otro modo, en la ausencia total de clases.

56

La diferencia entre la izquierda y la derecha radica en que la primera tiene tras de sí una filosofía, y en que esa filosofía es en sí dialéctica, es decir: integradora de aquello que encuentra y continuamente evolutiva; mientras que el discurso de la segunda se da en un solo sentido.

La derecha dirige su esfuerzo a que las estructuras mantengan su verticalidad, conservando su derecho a gobernar la cúspide de una pirámide siempre apuntalada; este esfuerzo es también su único discurso, que por hallarse vacío precisa de jalearse continuadamente y teme al silencio, ya que reconoce en él lo contrario a la mentira.

57

Cuando actuamos de manera distinta en nuestro trabajo o con el resto de seres a como lo hacemos con nuestra familia, intentamos que en el hogar reine una sutileza de los sentidos que no se da fuera de este; creamos dos mundos, el físico y el ideal; pero el tiempo entregado al primero es superior al entregado al segundo, ya que el tiempo del sueño no pertenece ni a uno ni a otro.

Como todos sabemos es muy difícil corregir nuestras actitudes y solo tras años de continuo trabajo logramos acabar con algunas de ellas; ¿cómo es posible entonces, pensar que si pasamos doce horas cultivando las pasiones más burdas y seis las más sutiles, sean estas últimas las que nos definan, o pretender que aquellas no interfieran en estas, que no acaben desbancándolas por completo? La respuesta es tan sencilla como drástica y cruel: no lo es; en nuestro interior sabemos que el comportamiento con nuestra familia es impuro, pues conocemos íntimamente nuestro ser verdadero; sentimos el recinto del hogar de manera idílica en el sentido más abstracto de la palabra, ensayamos en él aquello que nos gustaría llegar a ser, intentamos comportarnos como deberíamos hacerlo en un futuro, más lejos aún, en otra vida; pero lo hacemos sin convicción ya que esta precisa de tiempo y el tiempo solo se da en el presente.

58

Al ser un continuo camino, La Revolución no tiene destino al que llegar, carece de prisa y por tanto no siente la necesidad de ser violenta; es más, su obligación es la de ser pacífica, pues la evolución de La Consciencia así se lo impone.

59

La persona vulgar se siente perdida ante la obra de arte, superada; tiene consciencia de que sus opiniones son efímeras y rígidas, de que no se adaptan a la existencia por no estar vivas, de que la obra observada es intelectualmente más compleja que su propio ser.

El hombre o la mujer que rechaza el “arte-incómodo”, el arte que no es copia sino creación, el arte no entendible a primera vista, se siente tan ultrajado que evita pensar en él, lo niega de manera rotunda, pues entiende que afirmar la existencia de dicho arte es tanto como negar su propia vida. Limita sus comentarios a concesiones acerca de la esencia o no de dicho arte y acaba haciendo de su conversación un círculo sin solución de continuidad.

60

En las sociedades capitalistas todo es relegado: al ser niño relegamos el momento de la satisfacción al de ser mayor y conocer a otra persona, cuando lo hacemos nos decidimos a pensar que llegará en el preciso momento en que acabemos de pagar nuestras deudas, y si tenemos hijos, una vez que crezcan. Cuando lo hacen posponemos de nuevo la felicidad a nuestra jubilación y tras esto sencillamente nos morimos… casi siempre esperando. Nuestra sociedad es una sociedad enferma  en la cual la satisfacción (la vida) es continuamente desplazada.

61

La muerte, aunque desde fuera esté vacía, desde dentro es un cúmulo, la razón última de todo cuanto Hay. Por eso hemos de negarnos a la muerte del luto, al ateísmo que supone creer en un dios eterno e inhumano, y al que cree en un vacío que ni siquiera se contiene a sí mismo; negarnos a la falta de fe de los dirigentes que ignoran que el mundo respirará después de ellos, que cuanto acopiaron se quedará sobre la faz de la tierra y que la gran madre acabará por borrar su memoria.

62

Al comprender algo lo poseemos en el sentido más amplio, no asimilándolo a nosotros o tomándolo a nuestro cargo como una posesión cuyo peso nos agobia, sino pasando a formar parte de ello; ocupando el espacio de lo comprendido en el interior de aquello que nos es ajeno. Comprender es realizar una conquista fuera de esto que denominamos nuestro ser, e implantarnos de manera desinteresada en cuanto nos rodea. De alguna manera nuestra comprensión está relacionada con la inmortalidad, pero paradójicamente, al practicarla, la inmortalidad deja de tener importancia para nosotros.

63

En una sociedad revolucionaria la infancia es parte del camino y como tal resulta imposible relegar nada al momento de su conclusión. No existe fecha fija para este o cualquier otro acontecimiento y todo suceso está vinculado a su necesidad absoluta, siendo esta incapaz de inhibir la de mantenernos en movimiento.

La Continua Formalización del Ser Social nos exige vivir de manera nómada y sin pertenencias en un sentido íntimo debido a la inexistencia de sucesos gratuitos que entorpezcan nuestro avance, un avance que ni siquiera la muerte ha de detener un día, ya que nuestros pasos no solo nos pertenecen a nosotros sino a la sociedad a la cual nos debemos.

64

Nuestro único derecho es la igualdad de todos los seres, incluidos nosotros mismos, y el de formar parte celular de una sociedad que, basándose en él, lo asegure por completo; al concedernos en substitución de este derecho primigenio el pseudo-derecho a la palabra, es preciso haberla vaciado previamente de todo contenido, practicando en ella una desecación que la torna inútil, inofensiva y vana.

En nuestro país, cuyos recuerdos todavía se pierden en la negrura, puede apreciarse una gran diferencia generacional que, si miramos atrás, y especialmente en zonas rurales, nos haga encontrar aún personas cuya recia existencia repudie lo parlanchín y desconfíe de lo efímero.

Para el agricultor o el pastor en continua comunicación con la naturaleza, una comunicación sufrida y no idealizada, alguien que habla demasiado resulta disoluto, falto de entendederas y en última término carente de raciocinio. A día de hoy el tiempo es entendido de un modo totalmente diferente; el presente, que es por ende el único habitáculo en el que este se da, es continuamente desposeído de su significado merced a la misma palabra que antaño tenía el poder de no mostrar nuestra verdadera esencia.

Se nos permite formular quejas, hablar por teléfono en el trabajo o incluso en los desplazamientos más cortos e inesperados, e ir exponiendo opiniones adquiridas cuyo fin último es el de reducir el espacio de nuestra libertad real, la que nos brinda la posibilidad de coincidir con nosotros mismos, empequeñeciéndola hasta hacerla desaparecer por completo.

A su vez no tenemos por qué responder de aquello que decimos, puesto que no decimos nada ni aprendemos de lo que escuchamos; ya que para que la palabra despliegue su potencial es preciso algo de lo cual hemos aprendido a huir con pasmosa constancia: el silencio. Merced a la ausencia de este privamos a aquella de su consiguiente reflexión, que es tanto como decir: la asesinamos.

65

Este modus operandi esconde por ende una ética censurable, pues al quedarnos en la opinión nos cerramos en banda a la comprensión, y al ser incapaces de aprender nos vemos abocados a entregarnos a dicha opinión como a un derecho inalienable. De no hacerlo sentiríamos que nuestra vida, o esto que denominamos vida, quedaría totalmente invalidada.

66

El consumismo trabaja desde nuestra esencia, como un virus que irrumpiese en la célula y aprovechase su capacidad genética para expandirse, asegurándose de que a partir de su primera conquista toda regeneración será carente. Se ancla en el ser dañándonos desde su estructura más íntima mediante canales publicitarios introducidos en la cultura, que llegan, incluso, a substituir determinadas reglas sociales.

La célula invadida por el hábito de consumo yace en nuestra necesidad de arraigo. Esa misma necesidad que nos hace tener una casa o una familia, buscar la aceptación y el reconocimiento de cuantos nos rodean, y hacer lo posible por perpetuarnos en los otros; que nos empuja a cooperar con la sociedad para evitar sentirnos solos y mediante la cual amamos al prójimo, creyendo en un mundo que forzosamente ha de contenernos en igualdad de condiciones. Por eso el consumismo despierta expectativas que solo el Ser Social puede cumplir debidamente y su consecuencia no es otra que la decepción perpetua.

67

En la Revolución Francesa un determinado sector social ganó su derecho de emancipación gracias a la acumulación de bienes, pero los que mayormente murieron en las calles y aquellos que se convirtieron en brutales asesinos, no pertenecían a él, sino a los estratos más bajos. Por tanto no se trató realmente de una revolución sino de una guerra cuyo fin último era la puesta de largo de una nueva clase social, que como era de esperar, aumentó las diferencias entre seres humanos.

Esta tipología de la “Guerra Civil Francesa” se debió única y exclusivamente a la ausencia de una teoría seria sobre la revolución y a no haberse creado previamente una consciencia revolucionaria.

Del mismo modo en que la Revolución Rusa no pudo obviar a Marx, en cuanto a premisas de un acto que más tarde acabaría resolviéndose por medios alejados del marxismo, las próximas revoluciones, o mejor dicho, esta que se va positivizando en esporas aisladas que tienden a la unión material, no podrán prescindir de otra figura fundamental como es Mahatma Gandhi; merced a él debemos esperar que todo conato revolucionario futuro sea pacífico en su génesis, ya que la violencia discrimina entre seres, haciendo de unos asesinos y de otros asesinados.

El futuro no ha de construirse en la ausencia de uno solo de nosotros, pues hemos aprendido a discernir entre guerras, que responden a intereses de terceros, y pasos globales que van conformando el verdadero camino del Ser Social. Las primeras no tienen otro fin que el de la figura que las inventa, los segundos se creen a sí mismos solo en la medida en que son formados por el todo.

Toda violencia aplicada a la revolución hará que esta sea partidaria y como tal inexistente.

68

Cuando nos hallamos frente a una obra de arte sin llegar a comprenderla, invertimos el proceso de enjuiciamiento (percepción-juicio) sin darnos cuenta de que al hacerlo cerramos la puerta al entendimiento y nos condenamos a la ignorancia con respecto a ella, siendo mayormente nuestra actitud la que nos impide percibirla.

Nos situamos frente al arte con cierta predisposición a sentirlo como un insulto a nuestra “sapiencia”, cuando en realidad no hay mucha diferencia entre hallarnos frente a una pieza artística o ante un ser humano que desconocemos; en ambos casos nuestra obligación es la de comprender aquello que tenemos enfrente, entendamos o no de qué se trata.

El sistema invierte ingentes cantidades en mantener estructuras osificadas que nos son ajenas, cuya función es la de convencernos de la necesidad de poseer familias respetables, automóviles e hipotecas que continúen creando riqueza mientras nosotros dormimos; de la conveniencia de poseer una religión en la que no creer a pies juntillas y de realizar estudios que no hagan salir nuestro nivel cultural del ámbito de lo ridículo. Conserva los entramados beneficiosos en cuanto al control social se refiere y descarta los que puedan hacernos tener una visión de conjunto que forzosamente nos aleje de él. Por esto hemos de preguntarnos: ¿cuál es la verdadera razón de que no nos interese el arte y a quién beneficia esta actitud?

69

La revolución no admite divisiones, no se circunscribe a un país y mucho menos a una clase social. Es universal y ha de ceñirse al ser humano y a todo cuanto le rodea, defendiendo los derechos de este como emisor, de la naturaleza como receptora y del mensaje existente entre ambos, que es en sí el del propio cambio. Es antagónica al estado de bienestar que arrasa las condiciones de vida en el tercer mundo y somete a sus habitantes con el fin de mantener nuestro dudoso nivel de vida; un nivel que, por así decirlo, se mide en el número de zapatos que somos capaces de acumular.

70

El ensueño del sí mismo contiene a pesar de todo un sesgo de esperanza, de interés por fusionarse con los otros en una relación condicionada por el ego. El ser que lo padece se imagina rodeado por los demás y halagado por sus palabras. Su existencia es dolorosa ya que establece relaciones sentimentales descompensadas con cada persona, en lugar de establecer una sola, sosegada y con la humanidad al completo;se comporta como si estuviese enamorado de cuanto ve y no soporta ser obviado por aquellos que le rodean.De este modo suele pasar del encumbramiento al odio hacia nosotros, según sea víctima de nuestra adulación o de nuestra ignorancia. Aun así, su máximo empeño es el de superarse, aunque solo sea por el reconocimiento que esto le repare.

Por el contrario la autoafirmación constante no precisa de los que nos rodean; se asienta en opiniones que la persona va adquiriendo, casi siempre pocas y básicas; su yo es todo cuanto quiere rescatar de la relación con terceros y esta se da en términos de perpetua hostilidad. En su caso, “los otros”, siempre son enemigos a los que descubrir como superiores.

71

Mediante el miedo al vacío se nos convierte en adictos a la opinión con una virulencia tal que no dudamos en consumirla, del mismo modo que consumimos batidoras o cremas anti-envejecimiento. Ese miedo no es una irrealidad, se da en nosotros de manera natural, pero el camino mostrado para evitarlo es incorrecto, ya que la angustia responde a la necesidad de poseer certezas y acumular experiencias, de aprender en primera persona e ir descubriendo sus recovecos por nosotros mismos.

El entramado económico no contempla esta necesidad, pues si hubiese de escoger entre nuestro pleno desarrollo y su contrario, escogería este último.

Como personas amparamos dudas tan importantes en nuestro interior, que el intento de resolución de una sola de ellas nos obligaría a dejar de lado la maquinaria capitalista y a internarnos en aquello que resulta ser vital. Esto conduciría a la caída del sistema.

72

Tendemos a unir el concepto de cultura y el concepto de arte, a pesar de ser, en cierto aspecto, antagónicos. La cultura suele ser el pozo de prejuicios en el cual el sistema nos arroja disolviendo en él las particularidades de nuestra mismidad, aludiendo a pasiones groseras y haciéndonos poseedores de lo no comprendido; es la razón de ser de nuestro pueblo, de nuestra nación o de nuestra clase social, dentro de la cual lo ajeno lo es absolutamente y sin derecho a réplica.

El arte es uno de esos elementos que nos arroja cuerdas de manera constante para que salgamos de la sima, nos liberemos del peso muerto y comencemos a engrandecer nuestras particularidades. Ese engrandecer lo propio no se contradice con el hecho de que seamos iguales en esencia, sino que forma parte de la obligación para con los demás de hacer florecer lo mejor de nosotros mismos.

73

Hace algunos años me sorprendió ver cómo una conocida marca de ropa vendía sus propios folletos publicitarios, haciendo pagar a sus compradores por una información que más tarde les convertiría en consumidores potenciales; el diseño psicológico de tal acción me pareció retorcidamente cruel, ya que al pagar por su publicidad, el incauto ciudadano saboreaba el placer de consumir sus productos en diferido, creando un nuevo escalón en su estatus y aislándose del resto.

El poder ha descubierto que se puede vender todo pero siente especial predilección por lo no existente, ya que esto ni caduca ni se agota. Para llevar a cabo su venta solamente precisa de extender al infinito la era de la desinformación que tan acertadamente ha creado, empujándonos a consumir opiniones y pseudo-certezas que acaben con cualquier forma de pensamiento y generen a su vez un gran número de divisas.

74

Sin embargo, como individuos, somos inteligentes por encima de nuestra voluntad racional o la de los otros; en nuestro fuero interno no logramos ignorar lo que el arte simboliza y debido a esto nos sentimos en la obligación de entenderlo; así, y con un poco de suerte, podemos llegar a darnos cuenta de que no es la obra la que nos insulta sino nuestro desconocimiento acerca de ella, percatándonos de que la obligación de florecer para con la sociedad se hace extensible a la de florecer también para nosotros, puesto que la primera no puede darse sin la segunda.

Lo que realmente ocurre es que al sentir la necesidad de insertarnos en el lenguaje del arte, optamos por desvincularlo de lo incómodo, por quitarle el sesgo de actualidad, decantándonos por aquel que se hizo en el pasado. Pero el arte sin actualidad no es comprensible por completo: se contempla como un paisaje fijo a través de la ventana, o peor aún, como un decorado sobre el cual no halla luz capaz de generar cambios. Alguien que “solo” guste del arte antiguo no gusta del arte en sí, pues deshecha la interactuación de que este precisa, sin la cual parte de su contenido desaparece.

En tal medida el tiempo deseca el arte, que hasta Goya puede parecernos hoy un pintor cómodo.

75

El que se autoafirma siente cualquier otra presencia como algo capaz de negar sus cualidades, pues su idea acerca de sí mismo está tan deteriorada que entre la justificación y la batalla opta siempre por esta última.

Dicha batalla es una lucha contra molinos y sin ganador posible que hace de su sufrimiento una autodestrucción continua.

Con la autoafirmación renunciamos a la lucha por superarnos, a desenterrarnos para obtener una correcta visión de nosotros; nos damos por acabados plenamente y desdeñamos la facultad de aprender. Mas como todo ser acabado somos incompletos, pues la plenitud no es una cualidad de la materia, sino de la consciencia a la que la materia pertenece, pero no al contrario.

76

Debido a la falta de valor que el pseudo-derecho a opinar infiere a la palabra, nadie siente la necesidad de responder por las consecuencias que sus puntos de vista acarreen, al formar estas parte del mencionado pseudo-derecho. Esta es la razón por la que casi ninguno de los seguidores de Hitler afirmó nunca saber de sus proyectos finales. En el fondo no sentían el deber de justificar un derecho que sentían como legítimo y que además había sido ratificado por las urnas.

Para el ciudadano de las sociedades capitalistas, la opinión, como objeto de consumo que es, resulta ser un sustituto del primigenio derecho a la igualdad; renunciar a ella sería igualmente como renunciar a la vida.

77

Por todo lo dicho, cuando escuchamos a alguien hablar de arte en términos de si una pieza es o no tal cosa, podemos colegir que a dicha persona no le interesa el arte en absoluto, pues siempre hemos de partir de nuestra comprensión hacia la obra.

Al decir de algo que no es arte en lugar de referirnos a sus rasgos estéticos o limitarnos a enumerar las particularidades por las cuales no nos lo parece, cerramos la posibilidad de discusión, ya que no es factible discutir de algo que a priori no existe.

Nuestro cometido ha de ser el de aislar la pieza y modificarla mentalmente, para continuar aprendiendo y descubrir aquello que no comprendemos (la parte del lenguaje utilizado que somos incapaces de decodificar). Hemos de ser suficientemente humildes como para aceptar la existencia de particularidades que se nos escapan o permitir que aquel que las entendió en su totalidad nos las explique, evitando en la medida de lo posible todo enjuiciamiento, ya que no entender ciertas cosas dota a la obra de un fundamental sesgo de misterio acerca de aquello que solo a ella pertenece.

78

La caridad focaliza la necesidad de que el amor fluya en todas direcciones en un solo objeto, es empujada por la convicción de no estar cumpliendo con nuestro deber con respecto a dicho amor, y arrastrada por el miedo a compartir verdaderamente aquello que somos. Su visión de ese “darse” es posesiva y tiránica con respecto al ser “amado”, y como tal, terriblemente  injusta.

Por esto el perfil caritativo es el del burgués que da valor a aquello que no lo tiene, y utiliza la caridad con el fin de perpetuar la distancia entre él y las clases más bajas, siendo esta distancia la única razón de su vida y basándose en la posesión, que, fue, ya en sus inicios, su verdadera razón de ser.

Pero la caridad es también un pseudo-derecho, que como la opinión, intenta suplir el de la igualdad a través de la fraternidad total, y se descubre incapaz de resolver el problema; pues ella misma se convierte en tal, al tener como fin alejarnos de nuestro objetivo.

79

Hitler es el ejemplo más aséptico, el más aceptado socialmente, pero podríamos extenderlo a cualquier actuación del ejército estadounidense, a la reciente invasión de Mali por parte de Francia o al genocidio del pueblo palestino por tropas israelitas; así como a la continua inferencia de países del primer mundo en asuntos gubernamentales, ecológicos o económicos de países subdesarrollados. Acciones legitimizadas a fuerza de verter opinión sobre nosotros, de aislar una mentira creando un vacío informativo a su alrededor, legal y ético, hasta convertir el engaño en verdad por falta de contraste. Para Israel es un derecho asesinar palestinos, más aún, un mandato divino, que bien puede traducirse en netamente económico.

80

La sociedad establece “aranceles” de miedo que forman un continuo, cuya parte más temible, el lugar en el que el muro se ensancha, es aquel en el que yace el miedo a la muerte. Por esto crea reflejos de ella y los va colocando a lo largo del continuo, de modo que estar solo en determinado momento de nuestra vida, o fracasar en algún trabajo que de hecho es en sí un fracaso, es como morir un poco.

Al no aprender a vencer el miedo a la muerte afrontamos el paso con escenas que se graban en nuestra mente por aterradoras, engrosando aún más nuestro miedo inicial. Partimos de este mundo cegados por la angustia, extraviando, para los que crean en el otro, nuestro nacimiento en el y pudiendo quedar atrapados entre ambos.

Sin embargo es casi imposible predecir nuestra actitud en el momento fatídico, ya que las facultades pueden estar grandemente mermadas y el dolor hacer de nosotros un ser que se acerque más a lo irracional que a lo que realmente somos. Por esto debemos intentar despedir a los seres queridos como les gustaría que lo hiciésemos en lugar de alimentar nuestro dolor, tal que si nos arrepintiésemos de haberlo hecho.

Jamás he conocido a una sola persona, ni he oído hablar de ella, que desease que le despidieran con lágrimas. Esa orgia de dolor en medio de la cual nos enterramos o incineramos, ni siquiera respeta nuestras últimas voluntades.

81

En el fascismo el ídolo es erigido con el fin último de acotar nuestro sentimiento de desarraigo, haciendo de él una imagen tan contundente que la existencia tras su desaparición resulte inconcebible. Dicho ídolo es suplantado en el capitalismo por el enser cuya posesión resulta perentoria; utilizando los sedimentos del miedo como motor principal de sí mismo, fundándose en él y convirtiendo al mercado en un mundo paralelo al Ser Social. Una vez hecho esto se da un continuo camino de ida y vuelta en ambos sentidos, impulsado por el perpetuo deseo de existir en lo que no es Ser y cuya vida es inexistente.

82

Al estar la clase burguesa tan apegada al enser que se confunde con él, lucha por olvidar su verdadera condición humana. Esta lucha la destroza, pues no hay satisfacción en la desunión. Mas no solo provoca su sufrimiento, además, su falta de valor se convierte en un ariete para las clases bajas, pasando a ser la única resistencia a que el estado de la Continua Formalización del Ser Social se haga patente.

Por esto y no por ningún tipo de odio atávico, decimos que la revolución (pacífica, continua y sin NINGÚN tipo de barreras sociales) ha de sobreponerse a la burguesía contando con ella; no para despedazarla en la batalla, sino para ayudarle a que descomponga el atasco histórico del que inconscientemente forma parte, permitiendo así que el ser humano escriba de manera caduca su propia historia, ya que la historia indeleble, tal y como la conocemos, también forma parte del tapón que detiene el devenir.

83

El neoliberalismo imbrica dos universos, el fascista y el capitalista. En él el encargado de moldear el Ser Social es el mercado, mediante representantes con escaso poder de actuación que manipula a modo de siervos.

El mercado, lo no existente, se convierte en el esqueleto mismo del Ser Social, haciendo de él un artículo meramente representativo en el sentido de embeleco, dentro del cual el ciudadano es incapaz de encontrar su sombra.

El socialismo o Continua Formalización del Ser Social no pretende obviar dicho Ser sino que lo convierte en su objeto, consciente de que semejante estructura es imprescindible en la supresión del natural sentimiento de desarraigo tras el cual ha de florecer el ciudadano. Cifra la desaparición completa del mencionado desarraigo en el conocimiento y asimila el ser humano al social, desbancando el embuste que confunde al hombre y a la mujer con una mera imagen preestablecida.

84

Lo peor de esta cultura del miedo en la cúspide de la cual se halla la muerte, es que presida la sociedad de la guerra y el odio en la cual nos vemos imbuidos. Gracias a ella tememos aquello capaz de robarnos, y muy especialmente lo que nos enajene la vida, sin entender que dicho enajenador sea un trabajo no deseado, unas deudas arrastradas hasta el pie de la tumba o unas convenciones que la mayor parte de las veces nos levantan dolor de cabeza.

En el interior de esta sociedad no solo no sentimos que lo anteriormente mencionado nos hurta la existencia, sino que además se convierte en ella; nuestra desorientación se expande de tal modo que la confundimos con el mero movimiento respiratorio, olvidando que el florecer de las particularidades de cada uno es el único leitmotiv de dicho movimiento.

85

La decepción sobreviene cuando la imagen preestablecida que deseamos alcanzar se nos muestra claramente inasible y nos vemos “condenados” a ser personas vulgares. Mas al tratarse de una formalización estética y sin entidad en la que la imagen carente de biografía impera, ser vulgar no es tal sino parecerlo.

En definitiva ser vulgar significa no ser “joven” y la decepción se presenta no cuando dejamos de serlo, sino tras la destrucción de los sueños pertenecientes a dicha juventud, que por regla general son más longevos que ella.

Por esto la decepción en sí no debe ser tomada como muerte de algo, sino como renacimiento; como el punto en el que aprendemos a tomar lo particular por lo general, y en el cual aquello que nos sucede no nos es propio.

Cuanto acontece no lo hace sobre nosotros sino en un plano meramente cósmico que nos contiene y llena de sentido, y al sentido del cual nosotros también contribuimos.

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Las oportunidades perdidas son caminos inexistentes que solo habitan en nuestra memoria, enlaces entre nosotros y aquello que dejamos pasar. Pero aquello que dejamos pasar se extingue en el preciso momento de nuestro desprecio saliendo para siempre del plano en el cual nos hallamos. ¿Por qué se vuelven entonces tan esenciales dichas oportunidades…? Principalmente porque habitan en el pasado.

A diferencia del presente el pasado puede ser negado, en el sentido de cambiado por otro, de una vez y para siempre, mientras que el presente, y por ende el futuro hacia el que galopa, precisa de una negación constante. El pasado es el pasaporte que ciertas personas utilizan para alcanzar una vida aceptable, ya que la continua negación del presente acaba convirtiéndose en lo contrario.

Una vez que el futuro se convierte en un desván en el que no queda absolutamente nada de nuestros sueños, recurrimos al único lugar que nos pertenece ejerciendo allí los cambios oportunos, y haciendo del tiempo pretérito una especie de cripta personal y sagrada.

87

Es el miedo a ver suspendido el ritmo inhalatorio el que nos hace permitir cada día infinidad de injusticias, guerras a terroristas ficticios que ponen en riesgo nuestra existencia, negación de asilo a seres humanos que necesitan compartir nuestro país con riesgo de sus vidas y un largo etcétera. Escogemos entre la existencia de los demás y la nuestra, tal que si se tratase de un movimiento lícito y no fuésemos una misma cosa; pero al hacerlo no salimos ilesos sino que morimos realmente; no a manos de esa muerte que sirve única y exclusivamente para decorar libros, sino de aquella otra que extingue lo humano y nos convierte en esta especie de zombis con el alma seca.

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El burgués siente la vida como una pérdida; primero pierde la infancia y después la juventud y más tarde los padres y después los hijos y finalmente la existencia misma. No se asimila al devenir, se siente separado de este y pretende hacerse fuerte rodeándose de posesiones, tal que si el peso de estas pudiera hacer caer la balanza hacia su lado. No ama las cosas que se le dan por su condición de humano, sino las que le ayudan a diferenciarse de sus iguales y le alejan cuanto es posible de la humanidad a la que pertenece.

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En realidad, al recurrir al pasado deseamos salvar algo de nuestra vida, poco nos importa que se halle detrás o delante en nuestra trayectoria. El problema es que aquello que el hombre tiene detrás no le representa. Efectivamente hubo un ser que nos precedió, pero este no nos contiene y como falto de continente es incapaz de satisfacernos. Recurrir a él es como cortarnos los pies, una mano o aquello que no queramos aceptar como propio, tulléndonos en este único tiempo que es el presente.

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Si el capitalismo utiliza a la burguesía para mantener su estatus, en el liberalismo, que es lo que se halla al otro lado de esta crisis, o incluso dentro, los empresarios han obtenido tanto poder que la burguesía es desestimada en favor de la clase política; las inexistentes clases medias son hundidas al igual que las bajas en una existencia mísera, dentro de la cual nadie cubre sus necesidades básicas, el miedo se refuerza a través de los medios de comunicación poseídos en su totalidad por el poder, y las fuerzas de represión y orden son debidamente ampliadas.

Al extenderse el poder de las empresas más allá de toda frontera, el peligro de conflicto armado desciende, localizándose en puntos determinados, gracias a los cuales se crea un entramado económico en el que la guerra es el negocio estrella.

El mismo gobierno que invade un país coloca en él un gobernante afín, se apodera de sus reservas naturales, emplaza a sus propias empresas a reconstruirlo y proporciona a la nueva cúpula armas y preparación defensiva. Al hacer efectivo el dinero de su reconstrucción, el país invadido paga con ello y a lo largo de décadas gran parte de los  gastos internos del invasor, uniéndose a él en una relación regida por la caridad, de la cual ya hemos hablado bastante.

No debemos pasar por alto que el gobierno invasor no representa a la voz del pueblo, sino a la de los industriales que deciden a qué candidato encumbran, y forman, beneficiándose de ello, el esqueleto económico de la sociedad. De este modo y debido a la falta de injerencia en la base, la pirámide se robustece, y desbancar a determinados países resulta prácticamente imposible a no ser que el sistema cambie. Lo bueno es que el sistema, tarde o temprano, acaba cambiando.

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En tanto que esto sucede, el ciudadano del primer mundo es continuamente deprimido, convencido de su falta de valor, aislado por activa y por pasiva; cada paso, en vez de fortalecer su personalidad o empujarle a su formalización como ser humano, se convierte en un viacrucis del cual siempre sale disminuido.

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En realidad no atacamos a la burguesía como clase social pues carece de ese estatus, lo hacemos como cerrazón a los demás y sobre todo como clase inexistente, que se convierte en insolidaria e injusta por mor de su miedo; tal que si en su falta de solidaridad hallase la esperanza de dejar de ser un fantasma.

Las clases medias que no dudan en reivindicar de manera constante sus pseudo-derechos, no ven claramente a sus compañeros de viaje, son incapaces de observar su puesto entre las clases más bajas debido a su gran capacidad de endeudamiento, única razón por la que continúan resultando interesantes para el poder.

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Los hinduistas creen que una mente universal contiene lo existente y otra individual distingue entre lo que hay dentro y lo que hay fuera, siendo esta división la causa de nuestro sufrimiento. La comprensión no es otra cosa que el rebasamiento de  la mente primera y particular, mientras que la ausencia de este rebasamiento, el espacio intelectivo en el cual nos hallamos solos, es sentida como un destierro; como una jornada sobre una tierra que no nos pertenece.

A la larga, ser “lo otro” acaba subsumiéndonos, hundiéndonos en un pavor del que no podemos desprendernos, en un miedo cósmico plenamente integrado, tal que una segunda circulación sanguínea.

A la ruptura de la conciencia individual y la fusión con la mente universal, de la que partimos en un principio y a la cual pertenecemos, la denominamos tomar CONSCIENCIA. Esta toma de Consciencia significa pasar a formar parte del todo, asumir que no hay distinción posible y aceptar el fin de las vidas corpóreas que se suceden en la rueda del Samsara. En ella asumimos que el odio no forma parte del devenir y entorpece la marcha de este, ya que siempre se da hacia lo otro, que en sí es inexistente.

El odio no habita de manera natural en el todo, es introducido por la resistencia de la mente individual a perder su capacidad de dominio, desapareciendo en el momento en que esta se eclipsa.

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En cuanto a los sistemas sociales se refiere no existen caminos unidireccionales. La crisis, paso necesario entre el capitalismo y el neoliberalismo, cuya única función es desprenderse de una burguesía que ya no necesita, abre puertas insolidarias y necesarias a un mismo tiempo, como lo es la economía sumergida. Dentro de ella alguien gana un dinero que no declara, se siente prófugo y delinque, pero a su vez comprueba su verdadera fuerza, su utilidad; se demuestra a sí mismo la capacidad que tiene de ganarse la vida y comienza a desconfiar de un sistema que le ignora o le explota según su conveniencia.

Como ya han dicho muchas otras personas, en esta desconfianza hacia el sistema que la economía sumergida abre, como una puerta de incendios, hay una vuelta a las pequeñas redes humanas y sociales, un retorno al medievo que supone un redescubrimiento de este.

Las ciudades sin empleo albergan hambre y necesidades que en los pequeños núcleos urbanos son anuladas por el entorno, haciendo imprescindible volver a microeconomías independientes y desligadas de las grandes fortunas o las macroempresas. Se dan pues, dos economías cuyos lenguajes disienten entre sí, careciendo de importancia aparente una para la otra.

La diferencia es que el lenguaje microeconómico apenas tiene que forzar el devenir de los acontecimientos para darse, mientras que el macroeconómico se basa en una estructura tan forzada que es susceptible de caer abatido en cualquier momento, es una especie de moribundo cuya única alternativa para no dejar de respirar parece ser sembrar su entorno de cadáveres.

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A la larga, pues, descubrimos que el desinterés entre ambas economías no era real, y que la mayor de ellas prescinde del lenguaje microeconómico solo en tanto que este no le sea necesario. En la idealizada vuelta al medievo hay, se puede decir, un engaño que durará lo que las circunstancias de expansión de la mencionada macroeconomía precisen, haciendo necesario el derrumbe del poder absoluto por parte del pueblo e implantando un Estado que tome en consideración todos los lenguajes y dialectos posibles.

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Al hablar de los métodos que el poder utiliza no decimos que cree dichos métodos, sino que neutraliza aquello que se da en su espectro, debido a que las estructuras de las que se sirve están preestablecidas por él. En la necesidad de utilización de las mencionadas estructuras se esconde el virus de la servidumbre.

El no consumo, única manera factible de impedir que las divisas fluyan en un sentido u otro, derrocando finalmente al capitalismo, no ha de responder a ideas peregrinas o inspiraciones espontáneas; ha de ser metódico. El poder puede aguantar que saquemos todo nuestro dinero del banco en una sola mañana, ya que, aunque cayeran los bancos, dicho poder no cambiaría de manos. Inmediatamente aparecerían otros bancos cuya cúspide sería exactamente la misma. Lo que no soportaría es una ausencia prácticamente total de consumo durante años; una forma de vida basada en una microeconomía humana y respetuosa.

Recordemos que el sistema establece una estructura piramidal que el pueblo arrastra y se cimenta sobre las costumbres de este. En el caso de cambiar o abolir dichas costumbres, en cuanto al consumo se refiere, nuestra dependencia del poder adelgazaría y la pirámide acabaría por resultarnos inútil; el cambio, entonces, se daría de manera irreparable.

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La historia entorpece el desarrollo del Ser Social en tanto que muestra detalles sin capacidad dialéctica y los da por perpetuamente válidos, respondiendo al abyecto sentido de la posesión. Con ella pretendemos poseer un pasado que esgrimir ante los demás intentando no solo ser, sino además haber sido.

¿Quién era el Marqués de Salamanca? ¿Qué significado tiene una Cruz Verde o qué tiene que ver con nosotros la batalla de Arapiles? Las calles de nuestras ciudades están llenas de nombres que no inciden en nuestra vida y ocupan un espacio en nuestra mente, tal que si fuésemos construyendo día a día una casa en la que los pasillos no llegasen a ninguna parte. Por esto es preciso deshacerse de la historia como nos deshacemos de un cepillo de dientes una vez que ha sido excesivamente utilizado, dándonos cuenta de que esta responde única y exclusivamente a la tiranía del enser.

Al liberarnos de la servidumbre al enser nos liberaríamos de las diferencias sociales dándose el cambio a la estructura horizontal de manera inmediata. Una vez instalados en ella el único fin de la política sería el de impedir cualquier tipo de edificación sobre esta.

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Recurrimos a la memoria por miedo a la fatuidad de la existencia y bajo el pretexto de aprender de ella, creando una continua actualización del pasado que, como repetición, es enfermiza. No comprendemos que aprender significa asimilación y olvido, y que hemos de fomentar este último, haciendo que las reminiscencias de lo aprendido no enturbien los sucesos venideros.

El recuerdo hace en nosotros un efecto parecido al del trabajador que regresa a casa y continúa soñando con su trabajo, impidiéndose aprovechar el sueño. Una vez aprendido algo su repetición cercena; nadie aprende que es malo robar y se lo repite constantemente, a no ser que no lo haya aprendido y continúe siendo efectivamente un ladrón.

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Pero, además, la historia dificulta la unión con los otros pueblos hiriendo nuestro derecho universal a la igualdad y pretendiendo imponerse a otras historias igualmente irreales. Su esencia es la misma que la de la guerra, las religiones o en último término la del capitalismo; responde a la ley de la supervivencia y no a la de los hombres.

Otra cosa distinta de la historia es el sendero que el pensamiento marca a lo largo del tiempo, ya que este es cinético y su historización no se deseca; es decir, la misma idea, incluso el mismo acto volitivo, no de un país o de un gobierno, sino de un ser humano, abre puertas distintas en un momento u otro.

Por esto y en realidad, el pensamiento es lo más aproximado a la historia de la humanidad, o cuanto menos a su historia menos incompleta.

Al representar la senda intelectual a lo largo del tiempo a la Consciencia genérica, esta no precisa de ser recordada, pues su positivización es acumulativa, siendo asimilada y pasando a formar parte integral del devenir. La Consciencia, al igual que el ser humano, no precisa repetirse aquello que ya ha aprendido.

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El ser humano se halla entre el sentimiento de desarraigo que habita en él y el inevitable sentido de la posesión que este despierta, dándose el primero en un plano primigenio, horizontal y carente de estructura, y edificándose el segundo en vertical y de manera artificiosa, es decir, alejándose de él.

Este sentido de la posesión se desarrolla en todos los aspectos y es proporcional a nuestro miedo a dicho desarraigo, fundamentando cada persona su capacidad humana en la de retornar continuamente al origen, y desarrollando en este retorno sus facultades sociales.

Este retorno, sin embargo, no es repetición sino redescubrimiento de las características de una horizontalidad que no se da por entero en lo humano, ya que de ser así pasaría a ser Consciencia plena.

En el volver cumplimos con nuestras obligaciones para con los otros, siendo delimitada la capacidad de regreso por el miedo a reencontrarnos con aquello que somos, a aprendernos a nosotros mismos. Por esto las personas cobardes acaban desarrollando un ego altísimo y cerrado, dentro del cual, al igual que sucede con las construcciones románicas, apenas penetra la luz.

Este brutal alejamiento que protagoniza el ego suele acabar en un olvido completo aunque no irremediable de nuestra esencia, así como de nuestro cometido.

Es al darnos a los otros y cumplir nuestras obligaciones para con ellos, cuando toda edificación vertical queda derruida, despertando en nuestro interior la verdad dormida de que el plano horizontal es nuestro verdadero plano; la dimensión única que nos contiene en cuanto a continuo y dentro de la cual no se da la diferencia.

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Las movilizaciones sociales de tipo reivindicativo suelen contener en sí mismas la antítesis de aquello que pretenden.

Al protestar contra las medidas que el poder toma, los participantes en la protesta responden a dos perfiles: el de los que están dispuestos a que un cambio radical se efectúe sin reparar en el precio que hayan de pagar personalmente y el de los que utilizan la protesta a modo de catarsis, convencidos de no llevar una vida noble. Estos últimos son mayoría y no dudarían en reprimir a la pequeña minoría que aspira a hacer patente el derecho universal a la igualdad, pues al igual que buscan excusas para que el cambio no se efectúe, las encontrarían para colaborar con el inmovilismo. Además, su actuación en las protestas despierta en los aspirantes al cambio la esperanza de que este llegue, obligándoles a luchar inútilmente. Esta actitud por su parte tiene un nombre estratégicamente hablando, del que jamás podrán desprenderse: traición.

Las personas que tienen miedo al cambio total pero ven peligrar sus derechos entre comillas, esas que desean que se hile especialmente fino al efectuar recortes sociales y que sigan existiendo beneficios a su favor capaces de diferenciarles del resto, pertenecen a “la otra cosa”. Pretenden estar donde están por méritos propios, y debido a utilizar una vara de medir que únicamente contiene su estatura, defienden que no estudien los malos estudiantes, es decir, los hijos de los más pobres, o que aquel que no trabaje carezca de derechos. Forman una especie de casta Meritocrática integrada por los hijos malcriados de los avances que aquellos que murieron luchando consiguieron, y aspiran a un sistema social no solidario.

La gran balaustrada del ego que levantan en ellos resulta repugnante por falta de inteligencia y es una especie de tubería sin desahogo donde sus propios desperdicios se acumulan. Ellos condenan a los que dudan, a los inseguros, a los que desean hacer las cosas justas y persisten en meditar sus actos, analizando cada uno de ellos y poniendo en duda cuanto se da de manera espontánea; ignoran que el tiempo de reacción de la prudencia es forzosamente lento, pues su consecuencia ha de ser la de construir un mundo legítimo.

Saltan de lo revolucionario (su participación en las manifestaciones) a aquello que deja de serlo, sin inmutarse ni reparar en que lo que no es revolucionario es indiscutiblemente burgués, pues ha perdido su capacidad de cambiar el entorno.

En último término sienten vergüenza de su mediocridad, envidian la luminosidad de los que son capaces de ver más allá de cada velo y les atormenta no haber tenido el valor de escoger su propia senda, de desechar los vacuos caminos que el poder colocó ante sus ojos. Ven en cada uno de los seres que luchan y creen en la plena igualdad un reproche inadmisible hacia su propia persona.

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El decantarse por un cambio con reservas que les incluya a ellos y a los que forman parte de su estatus, responde a que entre todos sus pseudo-derechos, el burgués reconoce el de jugar a la revolución y lo pone en práctica para materializar unas ansias revolucionarias que no se han dado previamente en su conciencia.

Por ello insistimos en que el cambio ha de darse allí antes de ser patente, pues hacerlo patente sin que haya sido consciente tiene como último fin la fagotización del primer paso por parte del segundo, creando la apariencia de un cambio inexistente y colaborador en la perpetuación del inmovilismo.

La estrategia neutralizadora es sobradamente conocida por las estructuras de poder y puesta en práctica de manera continuada, a sabiendas, incluso, de que la sobrevivencia de la estrategia es también la del propio sistema.

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El discurso de la Meritocracia que pretende ser de izquierdas pero mantener un estatus basado en la diferenciación, lo cual resulta una paradoja, se realiza en un lenguaje de derechas, esto es: disgregante y no dialéctico, que en su caso se basa a su vez en una segunda paradoja: la de sentirse de izquierdas sin ser anticapitalista.

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Los ciudadanos de las sociedades capitalistas no creen en sus sentimientos, en sus intuiciones o en los pensamientos que puedan desprenderse de estos. Confían en una estructura social desdibujada ante la cual se ven abocados a entregarse a la posesión, siendo el enser un tímido sustituto de su necesidad de seguridad, que es continuamente aumentada por los medios.

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La consciencia del continuo cambio es genéticamente ética, evalúa nuestra existencia bajo la convicción de que una vida inmoral no merece ser vivida y de que hacerlo es contrario a nuestra esencia e impide que esta se manifieste por sí misma.

En este sentido no concibe como justo un Ser Social que no saca lo mejor de nosotros, ya que nuestro cometido es precisamente entregar esto al mencionado Ser.

Si una sociedad no crea las condiciones para que nuestro lado más sutil aflore, no nos cabe la menor duda de que esta no nos representa y de que es preciso empezar de nuevo. Pero: ¿qué tipo de sociedad era aquella que dejamos atrás? ¿Aquella que jamás se preocupó por lo que éramos o lo que podíamos llegar a ser, sino por aquello que podíamos crear en el sentido más bajo de la expresión? Una sociedad en la cual lo creado valía más que el creador, y este último podía ser cualquiera puesto que lo creado no pertenecía en absoluto a su esencia. ¿Qué dignidad puede sentir alguien que desarrolle un trabajo que no le pertenece, que no siente como suyo? Y ¿cómo es posible mantener una estructura en que la palabra trabajo sea lo más parecido a eso que denominamos muerte?

Ante dicha estructura es preciso ponerse en pie y pronunciar sus nombres, delatar su espíritu, pues el silencio carece de memoria y callar es no haber existido; tomar el mundo en una hermandad sin precedentes.

Fundámonos en un abrazo hermoso, pues la revolución, al contrario que el arte, no puede prescindir de la belleza.

Felipe Rubio

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